Jorge Eduardo Arellano
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Hay golpes en la vida tan fuertes como si la ira de Dios se desatara contra todo lo creado. El verso es del poeta peruano César Vallejos. Efectivamente, perder un hijo es un dolor inenarrable que nadie lo puede describir, ni el poeta más genial. Sólo Dios en su infinita misericordia.

Cuando supe la noticia, no quería creerla. Dije que eran rumores, especulaciones. Agonizaba la tarde del domingo y comenzaba a llover. No podía ser. Si hace sólo algunos días me había llamado por teléfono para preguntarme por Alba, su madre, con aquella voz de niño juguetón que nunca comprendí cómo tanta ternura podía caber en semejante cuerpo.

“Qué tal don Félix”, me decía cuando llegaba a la oficina para ver a su mamá, y con una sonrisa de niño travieso que siempre mantenía en su rostro, saludaba con amabilidad a quien encontraba a su paso. Por circunstancias laborales, conocí a Félix Lenín Cerna Baldovinos, mi tocayo, hace ocho años, cuando llegué al Consejo Supremo Electoral.

Me lo presentó su mamá, con quien me unen muchos años de trabajo. Era un joven simpático, entusiasta, afable, conversador, y siempre que se refería a su madre lo hacía con una devoción especial. Tenía en ese entonces diecinueve años.

Pasaron los años y siempre fue el mismo Félix. O lo atendía accidentalmente por teléfono, o me lo encontraba en la calle, con su novia, disfrutando de su juventud. Luego me di cuenta que estudiaba Derecho, que tenía una novia bella, que se divertía como cualquier joven, y hace algunos meses mi relación con él se volvió profesional: una mañana calurosa de abril llegó con su computadora portátil a venderme los servicios de Graffity, y pese a que llegó puntual a la cita, todo circunspecto y serio como se portan los clásicos Ejecutivos de Ventas, él quebró los esquemas, cumplió su objetivo, me persuadió de la calidad de su servicio y se despidió con una sonrisa cómplice.

Hasta que la maldita guadaña nos tocó la puerta. Digo nos tocó porque el dolor de Alba y Lenín tocó muchos corazones y muchas familias. Centenares de personas llegaron a Sierras de Paz a expresar sus condolencias. Fui testigo de la increíble avalancha de solidaridad y cariño que recibieron Alba y Lenín toda la noche del domingo y el lunes. Eran filas interminables de personas pretendiendo apagar la llama de dolor y rabia que había en los corazones de esos padres destrozados. Mientras Alba lloraba inconsolable, Lenín, contrito pero controlado, recibía abrazos, consejos y palabras de fortaleza que servían de panacea para aplacar el sufrimiento. De repente, Lenín pidió que abrieran la tapa del féretro. Quería ver a su hijo. Quería sentir su ternura, su dulzura, que nos transmitía a todos. Ahí estaba él, dormido, imperturbable, como un ángel, como que si nada hubiera pasado. Como que si quería decirle: “papá, no te pongas triste. Así es la vida. Siempre estaré contigo”. Inmediatamente imaginé lo terrible que debe ser perder un hijo. Es como si una parte de nosotros muriera con ellos. Así lo imagino. Por eso, cuando le di el pésame a Lenín le recordé aquellas palabras de Jorge Luis Borges, tan oportunas y vigentes esa noche: “Sólo es nuestro lo que perdimos”. Aunque corrijo: “Nunca se pierde lo que se ama”.

Efectivamente, Alba y Lenín han perdido a un hijo, pero han ganado un ángel. Un ángel joven, alto, bien parecido, con una sonrisa inocente y pura, llamado Félix Lenín, que seguirá vigilándolos desde algún lugar de este mundo, transmitiéndole sonrisas, soles y esperanzas, mientras nos llega la hora de partir.

e- mail: felixnavarrete_23@yahoo.com