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Yo conocí y fui buen amigo de Nicolás Mena Obando que allá por los años cuarenta era el sacristán de la Iglesia de Santo Domingo. Contrario al gesto adusto, la cara de santo, o los aires de importancia que adoptaban algunos de su mismo oficio, el rostro rubicundo de “Nico” siempre andaba sonriente. Era un joven feliz, contaba chistes inocentes y tocaba la armónica con singular destreza.

El sacristán –dicen- es el hombre “que viste la iglesia”, ese y otros oficios realizaba mi amigo que gozaba del aprecio de los ocho jesuitas que vivían en “La Residencia”, que así llamaban al edificio de dos pisos adjunto a la parte posterior del templo. Nicolás iba y volvía por todos lados, ante la sonrisa muy leve, por cierto, del hermano portero José Apodaca, que a sus cuarenta y pico de años ya no pretendía ser sacerdote.

Mena Obando era natural de Granada, pero tenía parientes en Managua, a veces dormía en “La Residencia” y otras donde una parienta cerca de El Caimito. Sus obligaciones eran, tocar las campanas, preparar las cosas de las misas, como eran; el ropaje de los celebrantes, las hostias que fabricaba una congregación de monjas, limpieza de copones y poner el vino y el agua en sus jarritas de cristal.

En ese tiempo el que esto escribe era un niño de diez años y, como Nico, tocaba muy bien mi armónica y en más de una tarde, aprovechando la siesta de los sacerdotes, mi amigo encendía el equipo de sonido del templo y desde el púlpito tocábamos a dúo nuestros instrumentos, el gusto era escuchar nuestra música amplificada como si se tratara del órgano de una monumental catedral.

Otra picardía compartida era comer hostias sin consagrar y tomar algún trago del vino. De esto nunca se dieran cuenta los jesuitas, pero una vez fuimos sorprendidos por el hermano Apodaca. “Hum… Hum… -dijo muy serio Apodaca-, están sabrosas estas hostias y del vino ni hablar”. Así nuestra travesura no pasó a más.

Pero quiero hablar de los sacristanes en general. De verdad que eran queridos por una buena parte de fieles, sin embargo hubo un grupo que les era adverso, el de algunas viejas beatas. El criterio machista de la Iglesia disponía que los sacristanes tenían que ser varones piadosos y, sobre todo, sumisos y obedientes a las órdenes del Tata Cura.

A las mujeres que se dedicaban a servir al tempo la gente las llamaba “beatas”, no porque tuvieran ese rango parcial de santidad, sino porque vivían metidas en el templo averiguando la vida y milagros de los feligreses. Decir “beata” era hasta cierto punto sinónimo de mujer conflictiva, chismosa, “metida”, tal fue la fama que les dejó la “Trotaconventos” de “Don Juan Tenorio” y “La Celestina” de Fernando de Rojas.

Hay que decir que desde los tiempos de la Colonia los sacristanes desempeñaron honrosas e importantes tareas, pero sus nombres y hechos no figuran en la Historia de la Iglesia Nicaragüense, que únicamente relata la vida y obras de obispos, arzobispos, párrocos y curas iluminados, o de una que otra monja de vida ejemplar.

En los pueblos los sacristanes asumían, además de sus funciones regulares otras más importantes. Por ejemplo, allá en Nindirí, don Pánfilo Ramos hizo legítima historia pues además de sacristán desempeñaba la función de secretario parroquial. En los libros de la iglesia anotaba las actas de nacimiento, defunciones, bautizos y casamientos, escrituras que tuvieron mucha importancia pues no existían registros civiles y estatales. De manera que su figura fue más importante aún que la del párroco. El era el “puedan” del pueblo.

Otro sacristán de Santo Domingo -anterior a “Nico”-, fue don Ángel (no recuerdo el apellido), que jamás aprendió, o se le olvidaban, las letras de las canciones sacras pero él se las inventaba. A mi me gustaba escuchar sus ocurrencias. Una vez le oí cantar “Tus cenojos te quieren clavar” en el himno al Señor de los Milagros. Otra vez entonó: “Poren cortas Nandayosi”, en lugar del famoso “Pange Lingua gloriosi”, y así por el estilo.

Termino diciendo que el sacristán de lujo de la Catedral de Managua era un joven albino llamado Feliciano, protegido de monseñor Lezcano. Encabezaba con la cruz las procesiones y se cuenta que su protector lo alquilaba a las personas que perforaban pozos, pues tenia la facultad extrasensorial de encontrar agua en el mismo desierto.

 

* Catedrático de periodismo