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Jugaba supuestamente fuera de casa, pero la opinión es prácticamente unánime: el republicano Mitt Romney derrotó con claridad al presidente en ejercicio, el demócrata Barack Obama, en el primero de los tres debates televisados de la carrera a la Casa Blanca, que se decidirá el próximo 6 de noviembre. Romney, a la ofensiva después de sus recientes errores, partía como el menos favorito de los dos rivales, pero salió de Denver con una imagen mucho más propicia.

Habría que establecer qué significa ganar un debate en unas elecciones norteamericanas: ¿hay que hablar mejor?, ¿presentar propuestas de gobierno claras y convincentes?, ¿o basta con desempeñarse bien en el lenguaje corporal y proyectar una imagen dinámica?

Cabe poca duda, en todo caso, de que Romney preparó mejor el encuentro que su rival. Si examinamos el debate en cuanto a contenidos, ninguno de los contendientes desarmó por completo al otro. Romney subrayó acertadamente las dificultades en que se debatía la economía. Y Obama simplemente se defendió, pero sin pasión.

Quedan, en todo caso, otros dos debates. Obama puede contar con que, cuando se hable del papel de EU en el mundo, recupere la pegada y movilice a su electorado.

Los debates cambian poco el sentido del voto en las elecciones norteamericanas. Lo más positivo es que lo haya seguido un volumen apreciable de espectadores y que estos crean que conocen algo mejor a los candidatos.

 

* Editorial El País