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El gran misterio ha sido aclarado: El XVIII Congreso del Partido Comunista Chino (PCC) comenzará el 8 de noviembre próximo. La fecha ya es oficial y su anuncio puso fin a una montaña de especulaciones.

Una conclusión a la que la mayoría de observadores y corresponsales extranjeros ha llegado es que esto significa que las distintas facciones partidarias han alcanzado acuerdos en cuanto a la división de cuotas de poder, nombramientos y a la composición de las principales estructuras del partido, sobre todo del Buró Político de 25 miembros, y de su Comité Permanente de 9 miembros (el círculo principal del poder político en China).

Otro asunto relevante que ha sido consensuado, según la interpretación de los analistas, es la suerte del alto dirigente Bo Xilai, exjefe del partido en la provincia de Chongqing y líder del ala más izquierdista y conservadora caído en desgracia.

Bo, hijo de uno de los jefes revolucionarios históricos, Bo Yibo, fue despojado de todos sus cargos administrativos y partidarios y expulsado de las filas del PCC. Bo está arrestado, incomunicado y será juzgado por varios crímenes, abusos y corrupción. Su esposa y su antiguo jefe policial ya han sido condenados previamente por varios delitos.

Más allá de los méritos de los cargos, su caso es el de un líder venido a menos como resultado de las luchas internas de poder. Pasará a ejemplificar el castigo a quienes infrinjan las reglas del juego.

Con ruidosas campañas antimafia y anticorrupción, demostraciones de maoísmo militante (inaceptables para centristas y moderados), su afán por publicidad y sus aspiraciones de poder, se granjeó muchas enemistades en una organización amante del secretismo donde la tónica es que todo se arregla tras bambalinas y no en público.

Una nueva generación de líderes deberá comenzar a asumir las riendas del poder. Xi Jinping y Li Keqiang están llamados a ocupar los cargos de secretario general del PCC (cumbre del poder político) y de primer ministro, respectivamente. El inicio formal de la sucesión de esta “quinta generación” de líderes deberá ser sellado en el congreso de noviembre. Una mera formalidad.

Xi sucederá a Hu Jintao como presidente, y, en una última etapa, deberá asumir el cargo de presidente de la Comisión de Asuntos Militares del partido, o sea el control efectivo de las fuerzas armadas.

No obstante, la política china está marcada por sus propias tradiciones culturales. En las sociedades confucianas, como China, los mayores gozan de gran respeto. La influencia de los viejos líderes no se desvanece por completo al dejar sus cargos y habrá que ver cuánta influencia conservará Hu.

Un ejemplo es el expresidente y exsecretario general Jiang Zemin, quien todavía conserva mucho poder en la sombra una década después de dejar sus responsabilidades.

Un testimonio de su continua importancia fue su presencia al lado del mismísimo Hu Jintao en el podio reservado a los miembros permanentes del Politburó en la celebración de los 60 años de la República Popular China, RPC. Hace apenas un mes, Jiang apareció en público tras un concierto oficial en Pekín, lo cual fue interpretado según esta línea.

En su momento, el patriarca Deng Xiaoping, sucesor de Mao y padre de las reformas económicas, dejó todos los cargos, excepto el de presidente de la Comisión de Asuntos Militares del PCC. Siguió siendo el verdadero poder tras el trono hasta su muerte en 1997. Ese puesto oficial fue el último al cual renunció por la edad y la enfermedad, en favor de Jiang Zemin.

Aun así, Deng conservó siempre un título: presidente de la Asociación China de Bridge, juego al cual era un aficionado empedernido y del que era un maestro, según cuenta Henry Kissinger.

El hecho del anuncio del congreso es de una inmersa trascendencia. Es curioso que el cónclave inicie pocos días después de las elecciones presidenciales en Estados Unidos. Ambos acontecimientos son sin duda los más importantes de la política mundial este año.

En comparación con la condición de líderes absolutos de Mao y Deng, ninguno de los máximos líderes desde Jiang goza de semejante autoridad.

Desprovistos de las “credenciales divinas” de revolucionarios forjados en la lucha contra los japoneses o los nacionalistas en la guerra civil, con Jiang y Hu, la política interna china se ha institucionalizado, según los observadores. Es hoy más un asunto de acomodo de intereses y de búsqueda de consenso. A menos que algo realmente extraordinario ocurra, el congreso del partido seguirá el guión establecido.

* El autor es analista de asuntos de Asia-Pacífico

aaleman@elnuevodiario.com.ni