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Una de las cuestiones que importa al momento de establecer una relación de pareja es el tema de las expectativas. Todas las personas desde sus primeros años construyen expectativas que varían en relación a clase social, educación, contexto histórico, corporalidad y condición de género.

Llegada la adolescencia la persona cuenta con un sistema de programaciones de género, sexuales y sociales que interactúan de manera dinámica, tratando de encontrar alguna propuesta coherente y satisfactoria que responda a aquellas necesidades que importan más.

Sabemos que existen necesidades básicas, que se satisfacen de formas diversas. Alimentarse (orinar/defecar), dormir y el sexo. Lo que muchos no sabemos pero que sí lo sabe el cuerpo, es el nivel de relación que tienen estas necesidades básicas mencionadas previamente, con la dimensión afectiva.

La relación con la madre marca de manera tajante ese intercambio entre cuidados, afectividad y control. La relación con el padre aporta de manera significativa a la forma en que se perciben las relaciones afectivas como dinámicas de transacción. En ambas relaciones parentales median requisitos que reducen o amplían la dimensión de los afectos e influyen en la manera de satisfacer estas necesidades.

Uno de los requisitos que ubico como uno de los más influyentes y problemáticos, es la obediencia. A partir de la obediencia como mandato familiar se configuran la satisfacción de necesidades y el intercambio de afectos.

Es la obediencia la pauta que permite que los padres se sientan satisfechos, y exitosos como padres que definen límites, siendo obedecidos y respetados. Por ende en las relaciones familiares la autonomía y la libertad de expresión son traducidas como rebeldía o malacrianza.

La obediencia en las relaciones con otras personas y particularmente en las relaciones de pareja se convierte en “querer quedar bien”, en “llevar la fiesta en paz”, en “satisfacer a la otra persona”. Estos mandatos que igual son observados en el modelo de relación de pareja proporcionado por papá/mamá, consiste en sostener la lógica de intercambio: libertad a cambio de amor/afecto, pensamiento propio a cambio de compañía.

La dinámica del chantaje afectivo que en las familias es el pan de cada día, viene a ilustrarse en frases como “portate bien, hacelo por tu mamá”, o “no hagas eso, ya sabes que molesta a tu papá”. El temor a fallarle a la otra persona, sobre todo a una persona en la que reside la centralidad de los afectos, que en la lógica de familia que se conoce reside en la figura de padre, madre y algunos adultos claves; marca la vivencia de la afectividad y la ubica como parte de una transacción concreta/negociación, no de una relación autónoma y de libre consentimiento.

Por estas razones y seguramente muchas otras, se ve como normal, que en las relaciones de pareja en los adolescentes, las chavalas accedan a la presión de los chavalos para tener relaciones sexuales. Sobre todo cuando estos últimos utilizan frases como “si me seguís diciendo que no, voy a buscarme a otra que me diga que sí, y no me volves a ver”. Ante esta posibilidad de la soledad, vista como una amenaza a la estabilidad afectiva, el cuerpo pasa a ser lo intercambiado, y lo que se espera obtener es la permanencia de una compañía que agrada/que gusta.

El chantaje afectivo parte de una lógica que pinta la afectividad y la satisfacción de las necesidades humanas como un juego de transacción en el cual interfieren contexto, relaciones de poder y expectativas. Si las expectativas pesan más que los medios mediante los cuales estás se alimentan, lo que se ofrece a cambio de lograr concretar una expectativa se convierte en un mero requisito.

Lo que se aprende en las familias en torno a la fórmula Mayor obediencia= Mayor afecto y aceptación de personas significativas; implica una configuración de la propia vida, cuerpo y afectividad como un espacio de poco consentimiento propio, de poca autonomía y de poca libertad. Y se traduce en un espacio/ejercicio de voluntad de otros, de temor a la soledad, de una constante búsqueda de ser reconocido/a, aceptado/a por los demás, y de una dependencia que centraliza la satisfacción de necesidad en principio en los padres y posteriormente en los proyectos de pareja.

Convierte a las parejas en personas que ostentan el poder de decidir qué ocurre en la propia dimensión afectiva y en la estabilidad emocional, por lo tanto convierte esta relación en un generador de ansiedad, temores, culpa y resentimiento. Igual que la relación con los padres.

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