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Horas y horas mirándolo. Me podía quedar horas y horas mirándolo. Sus gestos eran algo forzados, porque era un hombre voluminoso al que le costaba trabajo moverse. Sacaba la punta de la lengua y doblándola se la mordía con fuerza mientras sus dedos moldeaban el barro. Yo le tenía envidia. Nos enseñaba trabajos manuales. Aquel maestro sacaba un cenicero o una maceta de un trozo de barro cualquiera; o la figura de un acróbata en un trapecio, o un sombrero de paja. Cualquier cosa.

Y mientras surgía la figurita, el profesor nos explicaba que se levantaba todos los días a las cinco de la mañana. Que hacía ejercicio. Que se bañaba con agua helada. Que además de dar clases, tenía tres o cuatro oficios. Nos decía que al hombre se le mide por el trabajo y no por el éxito. Había que decirle a todo que sí con la cabeza, por el bien de la nota. Pero a mí lo que me fascinaba eran sus dedos jugando con el barro, creando formas de la nada, o de tierra y agua. Aquel hombre era Dios haciendo al hombre.

Qué barbaridad, ya estoy exagerando.

Mi tío Ricardo hacía sonetos como de Antonio Machado. Sólo que él los escribía después de cumplir sesenta años, y a finales del siglo XX. Se los daba a mi padre, que recitaba como nadie, y a mí me parecía el mejor poeta del mundo. Para celebrarlo, solían irse los dos (y a veces me llevaban con ellos) a una taberna donde se juntaban con los que podían haber sido los “mejores arquitectos del mundo”, “los mejores pintores”, “los mejores ingenieros”, o “los mejores sastres” pero que por alguna razón, o por falta de ella, estaban allí imaginándose la gloria que la fortuna les había negado, y riéndose de sus desgracias. Era la gente más culta y divertida que he conocido nunca.

Cuando crecí, supe algo más de sus historias. No mucho, pero lo suficiente para entender que en algún punto de sus vidas, se habían quebrado. Con las expectativas frustradas se fueron a refugiar su ingenio allí donde conseguían la admiración de un niño o los aplausos de unos compañeros de mesa.

Hay un poema que era muy popular en Estados Unidos: Casey, el bateador. Cuenta la historia del mejor jugador de baseball de una ciudad pequeña inventada (Mudville). El juego no iba bien, pero le tocaba batear a Casey. El tipo es tan confiado que deja pasar la bola dos veces para ponerle emoción. Pero entonces, falla contra todas las expectativas. Los últimos versos del poema podrían traducirse así:

“Diez mil ojos lo miraban mientras se frotaba las manos con tierra, Cinco mil lenguas lo aclamaban mientras se las limpiaba en la camisa.

Entonces, cuando el pitcher se apoyó la bola en la cadera, el desafío brilló en los ojos de Casey, y una mueca de burla frunció sus labios.

Ahora la esfera de cuero se precipita a toda velocidad por el aire y Casey se queda quieto, contemplándola con altiva grandeza.

Cerca del gran bateador, la bola aceleró sin contemplaciones

“Ese no es mi estilo”, dijo Casey; “Strike uno”, dijo el árbitro.

Una sonrisa de cristiana caridad resplandecía en el semblante del gran Casey.

Calmó el creciente tumulto; y mandó continuar el juego;

hizo una señal al pitcher, y una vez más la esfera voló;

Pero Casey volvió a ignorarla, y el árbitro cantó, “Strike dos”.

La burla se ha ido de los labios de Casey, y aprieta sus dientes con odio.

Golpea con cruel violencia el bate en el suelo.

Y ahora el pitcher sostiene la bola, y ahora la deja ir

Y el golpe de Casey hace añicos el aire.

Ay, En algún lugar de esta agraciada tierra el sol brillaba;

una banda de música toca en alguna parte, y hay corazones contentos,y en alguna parte los hombres ríen, y en alguna parte los niños gritan; pero no hay alegría aquí en Mudville – el gran Casey está ponchado”.

Y recordándolos a ellos, a los mejores poetas, artesanos, jugadores que poncharon, comprendí porqué me gusta tanto la Literatura: porque la mayoría de sus héroes se parecen a los que yo tuve de chico, tipos reales, que me enseñaron que la alegría es preferible al éxito, y al menos, es el consuelo de las derrotas, cuando a uno, al igual que a Casey el bateador, le cantan “strike out”.

* Escritor

sanchomas@gmail.com