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Giuseppe Garibaldi vivió en Granada, hospedado en la “Casa de la Sirena”, destruida por el incendio que ordenó el esclavista estadounidense William Walker en 1856. Cinco años antes había residido algunas semanas, acaso varios meses, en esa pensión de adobe y tejas, paredes gruesas y altas, frescos y espaciosos corredores alrededor de un patio florido, como debió ser esa modesta pensión, sita detrás de la entonces parroquia de Granada, que ostentaba una sirena de óleo en su rótulo.

Poco tiempo después fue el primer hotel construido a raíz del incendio. Disponiendo de un segundo piso, conservaba el jardín de la vieja pensión. Uno de sus huéspedes en 1868, el ingeniero inglés Bedford Pim, refiere la amable atención de su dueño francés el señor Mestayer y de su dueña: la señora Mestayer, natural de Chile, mujer muy bonita, aficionada al cigarrillo y a mecerse en la hamaca. Ella se dedicó a enviarle al segundo piso algunos platos, curiosa y maravillosamente preparados. Había una tabla d’hote permanente, servicio que frecuentaban los señores principales de la ciudad.

En 1872, otro huésped inglés —el naturalista Thomas Belt— dejó escrito: La señora Mestayer era muy aficionada a los animales, y tenía lapas y loros, una ardilla domesticada, un mono joven cara blanca, Cebus Albitrons, y varios perros mexicanos, pequeños y peludos. Ya desaparecido el hotel, sus piezas fueron ocupadas por artesanos pobres. Uno de ellos figura en el relato que Mario Appelius, un viajero italiano, escribió acerca de su visita a Granada en 1929.

En un barrio, entonces de mala fama —porque anidaban allí algunas cantinas alegres, exclusivas de los miembros del Cuerpo de Marina de los Estados Unidos— quedaba la vivienda que había ocupado el Héroe de dos mundos. El viajero entró en ella, mitad de piedra y mitad de madera, convertida en taller por un carpintero mulato. La esposa, gordísima, ahuyentaba con su abanico de fibra vegetal medio quemado a las gallinas que picoteaban granos y semillas, cuando lo dejaron pasar a un pequeño cuarto, utilizado como depósito de mesas y de aserrín.

A través de una ventanilla se admiraba el pequeño patio tropical de la vivienda. El marco, descompuesto y polvoso, encuadraba un arbolito de papaya, encorvado por el peso de sus enormes frutos. Tres girasoles tenían al árbol de compañeros. Detrás brillaba el esplendor azul de la tarde. Un niño desnudo y mocoso, color de azúcar cocida, le pidió un céntimo.

Garibaldi vivió en esta casucha, enseñando a varias personas la fabricación de candelas. Después donó la fabriquita a la familia que lo hospedaba. En Granada hizo amistad con un Costigliolo que tenía el servicio de vapores en el río San Juan y le ofreció comandar uno de ellos. Pero el gobierno —presionado por el obispo de León— mandó a decir al concesionario que no vería bien al célebre italiano a cargo de un servicio público.

Un día —prosigue Appelius— el Héroe dejó el país, abandonando a los amigos. Regresaba a su vida aventurera. Únicas huellas de su estadía en la Sultana fueron algunas poesías que inspiró a un versificador popular de la ciudad, muerto de tuberculosis pocos años después.

Una calle sombreada por almendros lleva hacia el Gran Lago de Nicaragua, un pequeño mar verdadero. Aunque de agua dulce, lo habitan tiburones y peces-espadas. Donde termina la calle en el Lago, se encuentra un círculo de rocas que las lavanderas de Granada han transformado en espacio para ejercer su oficio. Me siento sobre una de las rocas a mirar las mujeres que lavan. Quizás también Giuseppe Garibaldi venía aquí a fumar su pipa y a soñar con su fallecida esposa Anita. En el horizonte se alza como pirámide el volcán de Concepción. Al lado del pequeño muelle, un vapor con ruedas carga sacos y ganado.

Las lavanderas laboran en el agua hasta media pierna. Antes de entrar, se desnudan tranquilas bajo el sol. Dejando la ropa entre las piedras, se enrollan una especie de sábana que anudan al modo senegalés en el pecho dejando los senos descubiertos. Son generalmente mulatas, morenas o indias. Las inoportuno y sorprendo un poco. Tal vez me creen un gringo de cuartel, de esos que tienen las manos veloces y que después imponen si una reclama.

Pero yo poseo un aire tan tranquilo que a los escasos minutos no se fijan más en mí. Solo una hermosa y joven mujer tiene el pudor de ocultarse y encarga a dos de sus hijitos tender un pañuelo de nariz bien estirado, detrás del cual se desviste. El sol dora su torneada carne color canela. Con gestos que tienen algo de ritual, la hembra se envuelve alrededor de las poderosas ancas el trapo de siempre y así entra al agua, llevando en equilibrio una gran canasta de ropa sucia, altiva como una Rebeca y solemne como una estatua griega. Garibaldi dejó contemplar escenas similares durante sus desvaríos frente al Gran Lago.

* Escritor e historiador