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Cada país y cada región, incluso cada sector de su población, tiene sus propias maneras de expresar los distintos aspectos de su identidad cultural. Nuestro “gallopinto” no es el “congrí” de los cubanos y el “Palo de Mayo” es una expresión folclórica de nuestra Costa Atlántica; el “wabul” lo comen los misquitos y el “Torovenado” es una danza festiva de los masayas.

Un aspecto interesante es el concepto que el nicaragüense común tiene de los males que afectan su salud física o espiritual y la manera de designarlos con palabras y frases generalmente más pintorescas y expresivas que la pura terminología científica muchas veces desconocida, porque no tiene por qué saberla. Un paciente con lesiones en la boca (“estomatitis”) le dijo a un médico general de un centro de salud: “Tengo la boca reventada”. Y cuando el doctor le recomendó que consultara con un “estomatólogo”, el enfermo respondió: “Si yo no padezco del estómago”. ¿Ha padecido usted de intertrigo? En otras palabras, ¿ha sufrido de irritaciones o escoriaciones por el roce de las piernas? ¡Claro que sí! Usted ha estado “safornado”. La adenopatía la describe técnicamente el doctor Ernesto Miranda en su “Folklore médico nicaragüense” como “la reacción aguda, inflamatoria y dolorosa de un ganglio, sin llegar a supurar”. ¿Sabe usted cómo la llama el pueblo? “Seca”. ¿Y las pelotitas que salen en la piel, particularmente en las manos o los pies? Son los “mezquinos” (papilomas, dice el doctor Miranda). ¡Ajá! ¿Y los ‘tumorcitos benignos que salen en el hueco axilar’? Son las adenitis que nosotros conocemos como “golondrinas” por la similitud -según algunos- del nido de estos pájaros.

Una persona “tilinte”, que “peló el ayote” por una hemorragia interna, no dio lugar a un remedio casero porque estaba “reventada por dentro”. La “purgación” es la misma gonorrea, el papiloma del glande es la “cresta de gallo” y el “tiopedro” (menstruo) es –sin llegar a “maluquencia”- una “enfermedad”, aunque no es “pasosa” (contagiosa) como la sarna, caracterizada por la constante picazón en la piel y que el pueblo la llama con una palabra descriptiva: “rasquín”. A la indigestión la denomina “congestión”, a la placenta “las pares”, a la conjuntivitis “llorona” o “mal de ojo”, a la sien “sentido”, al cóccix “colita”, y cuando tiene “amarillo el coyol del ojo” (ictericia) lo designa con una palabra más fácil: “tiricia”. ¿Para qué se va a enredar más la vida pronunciando palabras de origen griego tan complicadas como gastroenteritis pudiéndola llamar “gatoenterito”? ¿Para qué toxoplasmosis si es más fácil “gatoplasmosis”? El ciego no ve, pero quien tiene la visión perturbada por alguna razón, como la que se experimenta cuando se pasa de un local iluminado a otro de escasa luz está “pipiriciego”. A esos parchecitos infecciosos de la piel (“dermatitis”), el vulgo los nombra con una frase insustituible: “quemada de puro”. La pus sanguinolenta que emana, por ejemplo, de una “cangrina” (gangrena) es “sangre mala”, y la que sale de la matriz (sangre menstrua) de la mujer cuando “está de visita” es sin duda “sangre muerta”.

Parece que algunos hombres -sobre todo los “tocones”- tienen muy desarrollado el sentido del tacto; sin embargo, son los primeros en salir “de guinda” cuando están frente al médico y llegan a suponer -aunque sea erróneamente- que se trata del temible “tacto rectal”. Un amigo urólogo me contó que un viejo paciente suyo llegó en una ocasión a su clínica para el rutinario control prostático, a través del examen de sangre conocido como “pesea”. Pero cuando el especialista, como para insistir en la periodicidad del análisis clínico, le recomendó una revisión “anual” (cada año) como mínimo, el paciente nunca volvió.

“¡Muy fino de sus partes!” le dijo una señora a su compadre, para corresponderle su amabilidad. Pero “las partes” son los genitales de ambos sexos. Y aquí entramos a la disfunción sexual, como la impotencia (disfunción eréctil), uno de los temas tabú para el paciente. El varón dice eufemísticamente “No puedo estar con mi esposa”; algunos se las dan de campechanos: “No me puedo poner tempisque”; pero otros son un poco más desparpajados: “¡No se me para!”. La mujer es más delicada cuando se refiere a la impotencia del cónyuge: “Mi marido no me toca”. Y su propia frigidez la describe así: “No quiero estar con mi marido”, o en forma más poética: “¡Ya se me quitó la ilusión!”. Pero cuando la “ilusión” se interrumpe definitivamente por alguna causa, la mujer es la primera en confesárselo a una amiga con una expresión delicadísima: “¡Estamos como hermanos!”.

* Escritor y lingüista

rmatuslazo@hotmail.com