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Últimamente se han puesto de moda en nuestro país las pasarelas literarias donde desfilan “poemas” encopetados con poetastros desesperados por enseñar el ombligo en la escena literaria, no obstante, esta actitud no es novedosa pero el contagio se ha propagado.

Encontramos grupúsculos literarios piropeándose hasta al máximo servilismo, en vez de servir al oficio serio de la creación y no a la triste imitación confeccionada bajo la guía de las escuelitas de ingeniería “literaria” donde se inauguró la burocracia artística.

Tras esta amenaza latente contra la renovación auténtica del lenguaje se ocultan complejos de inferioridad no resueltos que, a manera de terapia, exteriorizan en etiquetas evaluativas de autores que desconocen, pero es que al hombre mediocre se le cierra el alma.

Entonces ciego, sordo y mudo de sí mismo acontece el milagro de la opinión arbitraria donde cómplices con su ignorancia comienzan el juicio y la sentencia de obras poéticas ajenas. Sin embargo, “ni sospechan cual es elemento utilísimo en que las ideas viven. Quieren opinar. De aquí que sus “ideas” no sean efectivamente sino apetitos con palabras.” (Ortega y Gasset)

Ahora aparece la moda numérica de poetas en las alfombras rojas donde se invoca al suicidio y se le pretende dar memoria en talleres de poesía, como si el amarillismo fuera sinónimo de calidad literaria, estos showtime justifican de cualquier manera sus feudos de poder cultural y el poder no es creación, es dominio, de ahí su explicable coqueteo con la Real Academia de la Media Lengua donde tartamudea la libertad.

Estos modistas miden las reglas desde las colinas académicas para hacer el perfecto plagio del desgatado lenguaje recitando de memoria: Brinca la tablita que ya la brinqué, brinca la tablita, brinca un, dos, tres…

Creador a crear… ¡No a imitar! Al menos que se dediquen a la labor de gestión cultural, y es que los chelines hoy están escasos, pero entonces no confundamos necesidad y diversionismo con creación artística.

Hubo muchos gestores culturales de mi época que confundieron la promoción cultural con la creación literaria y encomendaron con urgencia a la poeta Gioconda Belli un nombre generacional para sus allegados y hasta se fabricaron premios “internacionales”.

Con esto demuestro que ni siquiera existió una identidad generacional ni mucho menos ruptura en el discurso poético, porque muchos de sus integrantes no se abrieron a los procesos de evolución en el tiempo y más bien se aliaron con el método provinciano de hacer poesía.

Esta situación me llama la atención de sobre manera porque en la naturaleza del joven versa la rebeldía y, por el contrario, en ellos privó una suerte de sumisión ante la solicitud del bautizo con su respectiva acta de defunción y acompañamiento de madrina para una feliz unión que ahora heredan algunos aspirantes a poetas tras un bostezo después de la palabra.

Me parece clave resaltar el artículo “Algunos puntos sobre las íes” de Eunice Shade porque viene a desempolvar la mitomanía de algunos prospectos que quieren escalar la escena literaria a través del fraude poético y la chapucería extrema; también, quiero destacar su acertado análisis histórico acerca de los aportes literarios realizados durante el tercer milenio.

Literatosis y Tribal Literario fueron dos grupos literarios que surgieron en Managua a principios del 2000, como una necesidad del debate de ideas, posicionamientos ante la búsqueda estética y la interpretación de la realidad circundante.

Ambos grupos no tuvieron Lazarillo, proponían, meditaban y eran rebeldes contra la imposición oficialista de las vacas sagradas, sin embargo, algunos de sus integrantes se quedaron en el camino y otros se alejaron de la idea original para emparentarse con la literatura oficial.

Pocos hicimos el esfuerzo de distanciarnos de la monotonía de lo simple y acercarnos al extrañamiento estético de la palabra para darle la bienvenida al arte contemporáneo y su disonancia polifónica, que en mi caso personal, me cautivó, y que los disonantes cognitivos no comprenden por girar en la misma rueda como ratones de biblioteca en una continua negación.

El oficio literario ofrece un placer estético y demanda una responsabilidad, en él se armonizan a través de los sentidos abiertos el mundo externo con el mundo interno; solo desatando las camisas de fuerzas podremos liberarnos de “la ola tumultuosa de los tontos, la ola atestada y vacía...”. (CMR)

 

*Abogado y escritor