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Cuando llegaron los españoles, encontraron a nuestros antepasados viviendo casi en estado primitivo, pero tal como hoy, unos más adelantados que otros, puesto que ya existían sociedades como la azteca y la maya-quiché en el norte americano, y la inca en el sur, que estaban más adelantadas que ellos cuando los romanos llegaron a civilizarlos y a enseñarles a trabajar. Algunos se les rindieron sin oponer resistencia, otros lucharon con denuedo y valentía incomparable por no dejarse someter, practicando el pensamiento socrático, de que “los hombres destinados a ser libres deben preferir la muerte a la servidumbre”.

A lo largo de América se irguieron olímpicos, héroes como Diriangén, Urraca, Lempira, Caupolicán y otros, cuyos nombres han sido borrados por el polvo de los tiempos. Nuestro Nicarao, o fue el primer traidor que tuvimos, o el primer diplomático que, viendo la superioridad de las armas, inteligentemente supo comprender la inutilidad de una cruenta lucha. La vista de los caballos, produjo en ellos, quizá, la misma sorpresa que produjeron en los romanos, la vista de los elefantes de Pirro, en las batallas de Heraclea y Ascoli, y que fueran causa de sus derrotas. El brillo de sus armaduras nubló el cristalino de sus virginales ojos, no acostumbrados a esos deslumbrantes reflejos, pero, al fin y al cabo, los arcabuces y cañones los vencieron y sometieron.

Ahora, en pleno siglo XXI, cuando Nicaragua está por doquier sembrada de universidades y somos ricos en talentos filosóficos, intelectuales, poetas líricos, “Rectores Magníficos”, y se está al corriente de la ciencia y tecnología moderna, los españoles y toda una caterva de piratas financieros de diversas nacionalidades, vienen armados, de dólares, de “balas de plata que no hacen ruido”, como decía el Tirano Banderas de Valle-Inclán, y nadie les hace resistencia, vendiéndoseles a pedacitos la Patria.

Los asambleístas son los primeros en negociar los bienes del Estado. La telefonía y la electricidad ya no nos pertenecen. La Aguadora estuvo a punto de ser vendida como chatarra. Decía Martí: “¡Eso no hicieron nunca nuestros caciques, a quienes las montañas daban sus flechas!”. “La tierra nacional está pasando a manos de señores extranjeros o corporaciones ricas que compran con moneda constantes de sus empresas, el voto de los diputados, a quienes se entrega en depósito la Patria”.

El sistema parlamentario está desacreditado desde hace muchísimo tiempo. Oigamos lo que de él dice Jonathan Swift (1667-1745) en “Los viajes de Gulliver”: “Pedí que se apareciese ante mí el Senado de Roma en una gran cámara, y en otra, frente a frente, una junta representativa moderna. Vi en la primera una asamblea de héroes y semidioses, y en la otra, una colección de buhoneros, raterillos, salteadores de caminos y rufianes”. Honorato de Balzac (1799-1850) nos lo describe así: “El sistema parlamentario, como consecuencia del credo burgués, considera el dinero una esencia política, ofrece el poder no al talento, sino a los sacos de oro; no al capacitado y honrado, sino al más ineficaz, desvergonzado y corrompido, Por eso el sistema parlamentario, sin hablar de su podredumbre, no puede evidentemente gobernar con inteligencia, porque su dirección está en manos de los mediocres”.

Según Aristóteles, la política es una ciencia y la ética forma parte de ella. “Al legislador” – dice – “toca educar a los ciudadanos en la virtud, conociendo los medios que conducen a ella y el fin de la vida más digna”. Bolívar, acorde con el estagirita, formula: “Para formar un legislador se necesita educarlo en una escuela de moral, de justicia y de leyes”. Aconseja Martí: “En la carrera de la política habría que negarse la entrada a los que desconocen os rudimentos de la política”. Me decía una anciana de Jalapa: “El que se mete a político se chanchifica”. En Nicaragua para ser político es condición “sine qua non” estar chanchificado.

No hay proyecto en donde hayan “lapas verdes” de por medio, que no sea aprobado por la Asamblea, elocuentes antecedentes lo confirman. Cuenta Mark Twain: “Podría uno llamar pájaro al azulejo. Bueno, lo es, hasta cierto punto…porque tiene plumas, pero por lo demás, es tan humano como usted, Le voy a decir por qué. Las cualidades, instintos, sentimientos e intereses del azulejo son iguales a los de los hombres. El azulejo no tiene más principios que un diputado. El azulejo miente, roba, engaña, traiciona, y cuatro veces de cada cinco, quebrantará su promesa más solemne”.

Los diputados, además de no ser un buen ejemplo, son un pesado lastre económico para el pueblo. En Nicaragua necesitamos un 18 Brumario, pero no tenemos un Napoleón.

 

*Escritor autodidacta

Tel. 2268-9093