Jorge Eduardo Arellano
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Un ejército de campesinos mal vestidos y armados con fusiles de chispa, bajo la dirección de oficiales con uniformes azules y ribetes rojos, se desplaza por los llanos de Rivas. El General Ponciano Corral, un mulato corpulento y pelo crespo, va decidido a expulsar a la falange americana, cuyos hombres asoman en estas tierras con sombreros de fieltro de alas anchas, barba montaraz y fusiles Mississippi. Han desembarcado por segunda vez en la bahía de aguas azules de San Juan del Sur y pretenden controlar la Ruta de Tránsito.

El General Corral ha salido de Granada para dar batalla frontal a la falange, sin dejar suficiente resguardo en la ciudad, y lo que algunos temieron, se tornó en una fatalidad. Un correo ha bastado para detener al ejército que ahora acampa en una de las haciendas de los lugareños y se protege del tórrido Sol bajo una hilera de árboles de guanacastes gigantes.

“La falange americana se ha tomado Granada, ayúdennos por favor”, decía el breve correo --fechado el 13 de octubre de 1855--, llevado por un humilde campesino que porta un viejo fusil al hombro y un sucio costal, junto con una jícara artísticamente labrada que pende de un cordel de su pantalón blanco. En espera de instrucciones, se quita su sombrero de paja que lleva una cinta azul con una leyenda que dice “Legitimidad o muerte”, y se empina su jícara sobre su boca para tomar agua en forma profusa.

Allá en Granada, asentada a la orilla de un lago de aguas verdes oscuras, el pueblo está nervioso y los señores principales, apresados por William Walker, están a la expectativa de las decisiones del líder filibustero, y desde luego están temerosos de ser fusilados, como era regla en las guerras intestinas de estos pequeños poblados que pretendían convertirse en república.

“Esta mañana, como a las seis, fuimos despertados por una rápida sucesión de disparos de armas de fuego. Pronto averigüé que el Coronel William Walker, con una fuerza de 400 hombres, atacó Granada, la que se tomó en 10 minutos sin la pérdida de un sólo hombre”, escribiría en su diario, el embajador norteamericano, John H. Wheeler, quien en poco tiempo se ganaría el sobre nombre de ministro filibustero.

Granada era en ese tiempo una pequeña ciudad rodeada de bosques, en cuyos arrabales se podían ver casitas de caña y paja o de barro; y más al centro, calles empedradas, sobre las que emergían casas de adobe y entejadas, de dos pisos y balcones con rejas decoradas. Pero al fin ciudad, mucho antes de que los peregrinos de Mayflower desembarcaran en Plymouth, y antes también de que Hudson entrara en la bahía de Nueva York, como diría unos años antes E. G. Squier, con la diferencia, de que sus pobladores no tenían un destino manifiesto, y sus acciones estaban sometidas a los designios religiosos más conservadores del catolicismo y a las más viles pasiones demoníacas que desata la política.

El General Ponciano Corral, que va al frente del ejército conformado en su mayoría por peones, se enfrenta al dilema de orientar a sus tropas a atacar a las fuerzas invasoras en Granada o esperar nuevas instrucciones para negociar con la falange americana. Una indecisión terrible se apoderaría de su mente, pues los notables de la ciudad y sus propias hijas, habían caído en manos de Walker, y aún no se ha reunido el bando legitimista, al mando del vacilante presidente José María Estrada, para tomar una decisión.

Aunque posee suficientes fuerzas para combatir y vencer a Walker, no descarta la posibilidad de solicitar al joven y legendario Coronel Tomás Martínez, asentado en Managua, que desplace sus tropas hacia Masaya, y aplicar una pinza militar al líder filibustero. Pero antes, sabe que se deben tomar decisiones políticas decisivas, en ese momento fatal de la historia del país que ahora se llama Nicaragua.

William Walker, solitario y aislado de la tropa y asentado en una de las casas principales de Granada, desde el balcón, soba el cañón de su fusil esperando un ataque de las fuerzas legitimistas, aún cuando cree que su propuesta de paz tendrá eco en los adversarios. Echa un vistazo por la plaza, por la parroquia y las tiendas, ahora vacías, mientras los soldados reciben instrucciones en el zaguán de puertas arqueadas del edificio donde se hospeda, a la orilla del cual han colocado un cañón con balas de seis libras.

Las horas van pasando y el tiempo se vuelve tan lento, que Walker se exaspera mientras camina de un sitio a otro, en espera del primer envío de correo por parte de sus enemigos. Atrás quedaron aquellos años de fracaso en Baja California y Sonora, de donde tuvo que salir huyendo bajo una lluvia de balas de tropas mexicanas, en una especie de aventura trágico-cómica.

Aquí las cosas son diferentes, las fuerzas de los partidos políticos están casi agotadas, después de varios años de lucha encarnizada, en la que miles de nicaragüenses han muerto producto de la guerra y de la peste. Las fuerzas democráticas necesitaban un nuevo empuje para ganar la guerra, y nadie mejor que Walker para lograr el cometido, con la diferencia de que reclamaría para sí la recién creada República, en donde pretendería crear un imperio que abarcara Centroamérica, México y el Caribe.

El predestinado de los ojos grises, con la toma de Granada, ha iniciado su guerra de conquista en cumplimiento del “destino manifiesto”, del que miles de norteamericanos son ciegos fanáticos. Él ha venido a regenerar Nicaragua y a imponer un régimen esclavista que paulatinamente iría resolviendo el problema fundamental de estos países: el mestizaje.

Pero antes tiene que afianzar su poder en Granada y asegurar la Ruta del Tránsito, que le permitirá a sus aliados en San Francisco y Nueva York enviar filibusteros, ya sea por San Juan del Norte, a través del Río San Juan, o directamente en San Juan del Sur, en el Pacífico.

*Primer capítulo del libro digital multimedia presentado en el Instituto Nicaragüense de Cultura Hispánica (INCH).

gorki.eduardo@gmail.com