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Es una devastación que progresa como el cáncer. Constante y persistente, jamás retrocede en la destrucción. De nada sirven las mediaciones e inspectores, los planes de paz o los enviados especiales de Naciones Unidas: fracasó primero Kofi Annan y ahora le toca a Lakhdar Brahimi. La enfermedad va quemando etapas, cada una más destructiva que la anterior, en un sufrimiento interminable sin horizonte alguno a la vista.

En un primer momento fue la represión durísima de una dictadura militar contra los manifestantes pacíficos. Luego se trocó en enfrentamiento civil entre quienes querían derrocar el régimen con muy escasos medios y la máquina bélica del Estado. Enseguida apareció la guerra sectaria, perfectamente adaptada a un país de minorías en el que una de ellas, los alauíes, es la que detenta el poder del Estado. Pronto se convirtió en guerra por procuración entre chiitas y suníes, en la que el régimen combate en nombre de Irán y las guerrillas de la oposición de Arabia Saudí y Catar. Los primeros con el apoyo en la retaguardia y en el Consejo de Seguridad de Rusia y China y los segundos de Estados Unidos y Europa.

Ahora está entrando ya en fase de metástasis, con unos tentáculos que se extienden y golpean en los países vecinos, Turquía concretamente. Tras los intercambios artilleros en la frontera turca, ha llegado la retención por Ankara de un avión civil sirio en viaje de Moscú a Damasco. Es creciente el tráfico de armas y materiales bélicos desde los países que apuestan en este tapete empapado de sangre. También la presencia de soldados y agentes de distintos países o de militantes de Al Qaeda. La preocupación en Washington es creciente por la eventualidad de que las armas que llegan del extranjero queden en manos de los más indeseables.

No hay ahora mismo un mayor centro de inestabilidad, pues allí confluyen las fuerzas y contradicciones que definen la geopolítica de Oriente Próximo. También en Siria se reflejan las debilidades e impotencias occidentales ante un régimen sanguinario como el de Assad, dispuesto a encender una guerra internacional y perecer en el incendio antes que ceder una pulgada de su poder.

 

* Editorial El País