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El voluntarismo en la edad contemporánea comienza con Arthur Schopenhauer y termina con Federick Nietzsche. Los demás son simples imitadores.

Schopenhauer decía que este mundo sólo ofrece dolor y sufrimiento, y, cuando más deseamos la felicidad, ella se ausenta más de nuestras vidas. La naturaleza y la voluntad se identifican, y la presencia de la razón es pura ilusión o “maya”. El ser humano está condenado inexorablemente a cumplir su trágico destino: sobrevivir para sufrir y sufrir para sobrevivir. Sólo la muerte viene a cortar este círculo fatalista y pesimista.

Sin embargo, para Schopenhauer sólo existen dos salidas: por un lado, haciendo espacio a la vida artística de cualquier índole, y, por el otro, abriéndose a la trascendencia por medio de la vida ascética o espiritual. Con este pensamiento, por supuesto, ni la política, ni la economía, por ejemplo, estarían en la agenda de su filosofía voluntarista.

Todo lo contrario sucederá con el pensamiento de Nietzsche: cambiará la “voluntad de vivir” por la “voluntad de poder”.

Estos filósofos alemanes han tenido una poderosa influencia en la cultura occidental desde el pasado siglo veinte. Obras literarias y fílmicas como “La Guerra y la Paz” de LeonTolstoi, “Lo que el Viento se llevó” de M. Mitchell, “Casa Blanca” de M. Curtiz, “El Doctor Zchivago” de Pasternak, entre otros, revelan las dos caras de esta moneda: por un lado, un acontecimiento político de gran envergadura, y una historia de vida descrito en sus más finos detalles. Son las dos historias, a saber, las del “Poder”, y las del diario “vivir”, que hacen de la existencia humana un drama o una tragedia, o bien una simple historia de amor vivida con todos sus pormenores. Son las dos clásicas historias que marchan paralelas a través del tiempo sin que aparentemente se relacionen entre sí, pero que se influyen mutuamente cambiando los destinos de las personas. Tanto la literatura como la creación fílmica han procurado destacar una u otra según del interés o desinterés del creador o espectador.

Los que participan en política quieren vivir sus vidas con menos desasosiegos, y los que están encerrados en sus “vidas personales” quieren “hacer historia” entregándose y sacrificando sus vidas en el altar de la Historia. Nada más falso!! Los políticos hacen de la política sus “modus vivendi” y los privados procuran salvarse de los efectos perniciosos que producen estos desde sus respectivas posiciones de poder.

Quizás alguno se atreverá a decir que todo depende de la vocación que cada individuo tiene, y que lo más importante es “vivir cada uno su vida a como le plazca”. Pero el problema estará en saber discernir entre la vida privada o la pública y sus mutuas relaciones de influencia positiva o negativa respectivamente.

Ahora bien, cuando uno de estos tipos de vida se corrompe, la respuesta inmediata es la del “refugio”. El peor enemigo de la sociedad de su tiempo (1950-60), decía Nicolas Berdiaev, no era ni el ateo, ni el marxista militante, sino el “burgués”, el hombre egocentrista y lujosamente acomodado en la existencia.

Ahora el peor enemigo de la sociedad actual son los políticos. De allí la reacción que muchas personas tienen de refugiarse en los intereses sólo de sus personas, de sus familias y del medio social al que pertenecen. La vida privada ya no es la vida burguesa, sino el último refugio y bastión contra la corrupción de los líderes políticos.

La poca o nula credibilidad de que estos gozan actualmente, es la mejor prueba de ello. La apatía por la política, en general, se debe a esta causa. La gente prefiere optar por hacer cosas más tangibles, como hacer negocios, que creer en promesas que nunca se cumplen ni se cumplirán. La vida política se ha convertido para los políticos de turno, en el último medio de sobrevivencia, es decir, de un medio más para hacer negocios.

 

* Ph.D. Catedrático de

Filosofía de Ave Maria University