•   Managua, Nicaragua  |
  •  |
  •  |
  • elnuevodiario.com.ni

Cuando uno ve a una culta dama de exquisita belleza y elegancia puede llegar a creer que nunca en su vida ha dejado escapar, voluntaria o involuntariamente, uno de esos gases comprimidos en el tubo digestivo que incomodan tanto por dentro como por fuera. Pero la verdad es que todos nosotros tenemos normalmente gases entéricos y los debemos eliminar de alguna forma. Por lo general, el gas se elimina por vía oral (flatos orales o eructos) y por la otra vía que es la que verdaderamente nos hace “pasar flatos”. Ambas son funciones digestivas normales y necesarias para eliminar ese molesto compuesto de nitrógeno y dióxido de carbono. Nuestros indígenas empleaban la palabra “enjarcamiento”, y nuestros abuelos recomendaban “tirarse el ventoso” para liberarse de ese incómodo huésped y conseguir alivio. Es lo que comúnmente hace un individuo cuando siente de pronto la amenaza de un “prisionero” que ansía su propia libertad y le ordena al “carcelero” una salida inmediata, sin mayores consecuencias, como cuando amanece en su recámara y empieza –con la longitud de la columna de aire de sonido aflautado- a despertar a su cónyuge con una “cantata matinal”. O las pequeñas explosiones pedregosas que pasó lanzando intermitentemente a dúo toda la noche mientras dormía. Una especie de “café-concert” pero sin café y sin un auditorio “muy despierto” que digamos.

Pero el consejo de nuestros abuelos no lo veo tan “expedito”, porque no soy solo yo -como decía Ortega y Gasset- sino también “mi circunstancia”. Por ejemplo, si usted siente una “tronazón” como un anuncio de algo más relevante (“Quand on pète la merde n est pas loin”, dicen los franceses) y se sienta en el “trono” y con toda la confianza del mundo empieza a hacer fuerza, seguramente va a convertir el baño en una gran caja de resonancia, y la porosidad de una pared no va a detener los decibeles de aquellos volcánicos retumbos.

La materia, según la ley de Lavoisier, “no se crea ni se destruye, únicamente se transforma”. La ley del gas intestinal difiere un poco: “Se crea pero no se destruye y únicamente se demora”. Esto se puede comprobar cuando una persona se encuentra en presencia de otras y, temerosa de que pueda salir haciendo escándalo, comprime las “compuertas” obligándolo a regresar a la “bodega”. Es lo que se conoce como “submarinar”. Pero insistimos: el gas no se “transforma” como la materia de Lavoisier, sino que se “demora” (en salir); así que dele su propia liberación o buscará la forma de ver la luz pública con bombos y platillos, pero sobre todo con bombo o como “bomba”. Busque un lugar apropiado y considere la intensidad del ruido y la profundidad del olor, pero sobre todo la velocidad del viento, la distancia entre las personas y el tiempo que pueda viajar hasta la nariz de una víctima inocente, capaz de distinguir entre diez mil aromas diferentes. Si no se cuida, lo revelarán sus ojos o lo acusará la conciencia.

Una persona normal se lanza al día unos catorce flayes, para emplear un término deportivo, aunque algunos proctólogos extienden el promedio hasta los veinticinco, sobre todo para aquellos con una dieta a base de frijoles, culantro, repollo, coliflor, manzana y pera. Pero si quiere obtener un subproducto “superhumano”, para impactar con el sulfúreo “meteoro” las células del epitelio olfatorio de un ñato, no hay como cenar con sopa de frijoles parados, tres huevos cocidos y una guarnición de lujo: una cebolla cabezona, once dientes de ajo y dos aguacates medianos. Medio litro de chocolita vendría como “anillo al dedo”.

Hipócrates, el padre de la Medicina, decía que todas las enfermedades son divinas (todos somos susceptibles de padecerlas) y todas son humanas (todas podemos tratarlas). Por eso nuestros abuelos, más sabios que Esculapio – el mitológico dios de la Medicina de los romanos- nos ofrecen el tesoro de las especies, particularmente de las Islas Molucas (Indonesia), para prevenir numerosas dolencias y, específicamente, las asociadas al propio proceso digestivo: la albahaca (procedente de la India), el anís (empleado por los antiguos egipcios), la canela (originaria de la antigua Ceilán, hoy Sri Lanka), el cardamomo (utilizado en la India), el comino (usado por los griegos), el romero (originario del Mediterráneo), el tomillo (elogiado por Galeno, el insigne médico griego) y la nuez moscada, preferida por algunos porque es también un potente afrodisíaco viril. Pero no hay como el consejo de Cervantes: “Come poco y cena más poco, que toda la salud del cuerpo se fragua en la oficina del estómago”.

 

* Escritor y lingüista.

rmatuslazo@hotmail.com