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El municipalismo es fundamento esencial en el desarrollo democrático de las naciones. Es base de la pirámide democrática de un Estado, y por lo tanto fundamento para la estructura del mismo sistema, pero además es alimentador de los otros procesos democráticos de la nación, que en este caso serían las elecciones presidenciales.

La dictadura de los Somoza canceló las elecciones municipales, y los alcaldes eran nombrados por el “Ejecutivo”, como un empleado administrativo. Fue con el Pacto Agüero/Somoza que la dictadura soltó esas posiciones, para que volvieran a ser electivas, y a pesar de la lucha que se efectuó en la negociación, Somoza no quiso que hubiera alcalde en Managua, seguramente por considerar muy peligrosa esa posición en manos opositoras. Con ese logro democrático sólo se produjo una elección, que fue la de 1974, con un partido opositor minimizado por la división interna del mismo, que la dictadura se había encargado de producir.

Antes de la dinastía de los Somoza, Managua tuvo alcaldes, ya que Andrés Murillo fue alcalde liberal y Pablo Leal Aisentock fue alcalde conservador.

Pero eso es Historia. Volvamos a las realidades presentes. Ante el deterioro de los partidos liberales, la alimentación a favor de la administración gubernativa de los sectores indecisos y una clara apatía de los sectores que no son rojinegros, Nicaragua se apresta para elecciones municipales en el próximo mes.

Con un partido Sandinista que controla todos los poderes del Estado, incluyendo al Consejo Supremo Electoral, indudablemente algunos dirán que la elección está de más, ya que prácticamente lo que van a producir son nombramientos.

Sin embargo, para la salud democrática de la Nación, nunca es malo el mayor esfuerzo que se efectúe en los procesos electorales, por muy disminuido que esté el contiéndete o viciado el proceso, o por más parcializados que se encuentren los que regulan y vigilan la contienda.

La vivencia de este proceso mantiene el espíritu democrático vivo, que eso ya es una gran cosa. En los sistemas totalitarios, autoritarios, fascistas, el término elección es una mala palabra.

La juventud es la que se debe encargar, posteriormente, de hacer valer sus derechos y que en forma organizada logren los cambios que ellos pretendan, para así evitar la acumulación del resentimiento y evitar las “revoluciones”.

El gobierno no debería disminuir la fuerza municipal; más bien debería ser el fundamento de sus estructuras y más ahora en que el partido gobernante va a prácticamente a nombrar a sus autoridades; por lo que sobra cualquier estructura paralela de poder municipal, que en ciertos momentos podría interferir con la acción de las estructuras formales municipales.

Los CPC, como acción y retroalimentación de las autoridades municipales, son excelentes, si no se convierten en estructuras coercitivas partidarias y de exclusión de los ciudadanos que no participan del movimiento político.

Dios quiera que sigamos haciendo democracia. Solo la juventud es la que puede, con su participación, hacer que Nicaragua continúe siendo democrática.

 

* J.D. M.B.A.

faguerocesar@hotmail.com