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Esta semana se presentó, por su autor, el Profesor de la Universidad del Norte de Texas, John A. Booth, el excelente estudio sobre “La Cultura Política de la Democracia en Nicaragua 2012”.

De conformidad con versiones periodísticas, en el período de comentarios, preguntas y respuestas, el Profesor Booth estableció alguna semejanza entre el caso del Partido Revolucionario Institucional (PRI) de México, en todo el largo período previo al año 2000 en que reconoció por primera vez su derrota en las elecciones, y el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN).

“Veo a Nicaragua moviéndose al PRI” (tituló un periódico la crónica de la presentación del estudio del Profesor Booth, citándolo). Tiene razón el Profesor estadounidense al comparar, a grandes rasgos, dos modelos de autoritarismo que tienen alguna parentela. Sin embargo, hay una pequeña gran diferencia, que con seguridad no se le escapa al Profesor Booth, pero que no se reflejó en la versión periodística. El partido de la revolución mexicana (1917) pasó a llamarse Partido Revolucionario Institucional (PRI), entre otras razones, porque después de un largo período de inestabilidad y confrontaciones internas, incluyendo matanzas entre sus dirigentes, se decidió institucionalizar la no reelección. Volvió así el partido de la revolución, al menos en una parte importante, a lo que fue una de las motivaciones de la revolución mexicana: “Sufragio efectivo, no reelección”, fue el lema aglutinador de la lucha de los revolucionarios contra la larga dictadura de Porfirio Díaz.

Todo lo contrario de lo que ha ocurrido en el Frente Sandinista, que está literalmente “privatizado” por Ortega. La institucionalización de la revolución dio a México un largo período, de más de medio siglo, de estabilidad autoritaria y fuerte proceso de crecimiento y modernización económica y social. El respeto inequívoco a la no reelección, y por tanto a la alternancia en el poder dentro del PRI y, consecuentemente en México, explica en buena parte la larga y estable sobrevivencia de un modelo autoritario. Esos relevos en el poder explican, también, la pacífica transición que se dio el año 2000, en que el PRI perdió y aceptó la derrota en las urnas electorales, porque los cambios de Presidentes implicaron nuevas percepciones y sensibilidades al máximo nivel de dirección política del PRI y del país. Uno tras otro esos Presidentes fueron progresivamente abriendo el sistema político para sintonizarlo con las nuevas realidades del país y de su entorno internacional. Así se explica, del mismo modo, que después de 12 años en la oposición el candidato presidencial del PRI, Enrique Peña Nieto, haya ganado las elecciones del pasado mes de julio, sin que nadie crea que este triunfo del PRI sea un retorno al pasado.

Lo comentado tiene enormes implicancias prácticas para nuestro país. Quienes crean, porque los hay quienes lo creen, en un ejercicio de la así llamada “pragmática resignación”, que en el fondo raya en una visión de cortísimo plazo de lo que son sus intereses, de que aquí estamos entrando en un largo período de estabilidad autoritaria, como en México, se equivocan, como la propia historia de ese país lo demuestra. Como también se equivocan si creen que la “privatización” del FSLN no se va a desbordar a una creciente “privatización” del país, que entrará en choque con los intereses de muchos nicaragüenses.

La alternancia en el poder durante la mayor parte de los 70 años de dominio priísta, antes del 2000, acotó el desborde de los intereses del gobernante de turno. No es lo que está ocurriendo en Nicaragua, como ya se empieza a ver con la fuerza expansiva que, apalancándose en el poder político, está teniendo el poder empresarial del círculo gobernante.