León Núñez
  •   Managua, Nicaragua  |
  •  |
  •  |
  • elnuevodiario.com.ni

El recién pasado 27 de junio don Arnoldo Alemán invitó en Managua a un desayuno presidencial a unos cincuenta liberales chontaleños: convencionales, alcaldes, candidatos a alcaldes y vicealcaldes del PLC., etc., etc. Yo asistí en mi carácter de convencional del Partido Liberal Constitucionalista.

El desayuno fue pésimo. Varios de los asistentes me dijeron que ese desayuno demostraba que para don Arnoldo José los liberales chontaleños somos liberales de tercera de tercera. Yo, anteriormente, en varias ocasiones, acompañé de guardaespaldas jurídico al doctor Noel Ramírez a desayunos presidenciales. Excelentes desayunos, que por su calidad y cantidad no tenían nada que envidiar a los famosos desayunos que se servían en el yate Cristina de don Sócrates Aristóteles Onasis. En cambio, el desayuno que se nos sirvió a los chontaleños fue una ofensa gastronómica; un verdadero atentado contra la vista, el olfato, y sobre todo, contra el paladar.

Recordemos brevemente el plato. Un plato tristísimo, raquítico, pues lo servido fue francamente poquito. Por otra parte los frijoles estaban malos. Despedían el característico tufito de los frijoles chocos. Después detecté la dureza del queso frito con sólo verlo. Tenía un color amarillo, un amarillo raro, desteñido; de esos amarillos cadavéricos. Me alegré cuando vi la cuajada. Tenía buen aspecto, pero el sabor y el olor a cuajo la hacían incomible. Dos pedacitos de tortilla algo rancia y dos trocitos trenzados de maduro frito, totalmente tiesos, completaban el cuadro dramático de esta vergüenza culinaria. Yo salí con la impresión de que, excepto la cuajada, lo que se nos sirvió fueron sobras, no del día antes, sino de semanas anteriores.

Yo sé que don Arnoldo José nada tiene que ver ni con la calidad ni con la cantidad de comida que se sirvió en ese desayuno. Yo me imagino que la empresa contratada para servir los desayunos presidenciales, al darse cuenta que los desayunadores éramos chontaleños, para tener mejor ganancia, nos sirvieron las sobras que quisieron, pensando a la vez que los liberales de Chontales no somos de tercera, sino de cuarta.

Pero muchos le echan el muerto a don Arnoldo José, quizás porque llegó al desayuno completamente desayunado. Me enteré por casualidad que cuando don Arnoldo José llegó al desayuno presidencial ya llevaba entre pecho y espalda un pichel de jugo, cinco peras, libra y media de uvas, media libra de jamón serrano, media libra de jamón york, una libra de queso de mantequilla, tres barras de pan francés, tres nacatamales, un plato encopetado de gallo pinto, seis huevos revueltos con una libra de chorizo, cuatro maduros fritos, un litro de leche y abundante como variada repostería.

Yo creo que cuando don Arnoldo José llegó al desayuno no quería ni ver comida, razón por la cual no se ha de haber dado cuenta de la clase de desayuno que se nos sirvió a los chontaleños. En esto yo defiendo a don Arnoldo José. La culpa la tienen los que tienen el negocio de los desayunos presidenciales.

Como yo no tengo acceso a don Arnoldo José, quiero públicamente darle un consejo: Que encargue a uno de sus secretarios la función de controlar en forma rigurosa la calidad de los desayunos presidenciales que en el futuro se sirvan a los liberales de provincia, debiendo pedirle al futuro encargado del control de calidad, que exija que la comida sea abundante, que tenga buena presentación y que tenga buen sabor, y que además huela todos los platos, para que no deje pasar, bajo ninguna circunstancia, el más mínimo tufito, pues también los platos despedían mal olor.