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No hay como conversar con el mar. Caminar sobre la arena y sentir su brisa divina salpicar nuestro rostro, mientras el ojo humano se deleita observando el entorno que te seduce: los barcos cazando róbalos, pargos o sueños; las gigantescas olas desafiando la adrenalina de los surfistas, y las mujeres en sus bikinis compitiendo con el seductor paisaje que la naturaleza te ofrece.

La otra vez que fui al mar con mi familia me encontré con el Chayanne de Pochomil. Un personaje tercermundista emblemático. Bajo, flaco como una regla, con una agilidad elástica envidiable, Chayanne se acercó a nosotros para cobrarnos cien córdobas por ofrecernos –descuento incluido- un peculiar show, en el que demostraría todas sus virtudes y su rostro: de minuto a minuto se convierte en Rafael, en Julio Iglesias o en alguno de Los Beatles, según sea el gusto del cliente. Y termina con una canción corta-pulsos para ponerse a tono con el trópico. Porque, a decir verdad, Chayanne es un contorsionista ambulante, un circo girando sobre sí mismo, un artista surgido de la pobreza y de la calle, que tiene como escenario la arena, el mar y el sol.

Después de cazarnos, Chayanne se me acerca y me hace la siguiente propuesta: –A ver, mi jefe, por ser vos te voy a cobrar ocho canciones por cien bolitas-, mientras le hace ojos a Fernando, mi hijo mayor, quien no se aguanta la risa con las ocurrencias y movimientos amanerados de este personaje que se transforma en emisora, cantante y payaso. Y es que a este artista callejero, pese a no ser un joven, lo beneficia su contextura delgada. Con su cuerpo de rana realiza una decena de sentadillas y contorsiones en un minuto, que matarían a cualquier gordito. Y no solo se agacha y sube y se contorsiona y se ríe del sol de Pochomil, sino que también canta, grita, bromea, cuenta chiles, habla con un lenguaje de doble sentido, todo con una resistencia envidiable que no hay quién lo pare.

-¿Qué querés, chavalo, música disco, pop, balada, merengue, o electrónica?, nos dice Chayanne, quien es una máquina onomatopéyica para imitar sonidos de instrumentos musicales como la batería, el contrabajo, la guitarra y, al fin, convertirse él mismo en una emisora ambulante.

Y es que desde que se apostó frente a nosotros no ha dejado de moverse ni un segundo. Se agacha, brinca, salta, con unos zapatos tenis que le quedan divertidos, mientras se convierte en DJ de una radio ambulante y comienza a repartir saludos bajo el ardiente sol de Pochomil y a hablar en un inglés muy peculiar, propio de su sana jodarria.

-¡Aló. Aló, son las doce y tres minutos del mediodía, Chas, Chas, pum, pum, saludos a mi broder Fernando, a don Félix, que están escuchando nuestra música variada- y comienza una canción de Los Beatles en un inglés de él, o sale con una ranchera de Vicente Fernández y termina con un “remix”, sudando a chorros, en pleno jadeo, mientras se sigue contorsionando como un improvisado bailarín de pueblo. “–Aló, Aló, estamos en frecuencia modulada, con los mejores éxitos. A cien bolitas las siete canciones, desde rock, música pop hasta cualquier ranchera. Ya son las doce y diez minutos del día”, afirma sin andar reloj para confirmar la hora. Solo adivinando con la subida del sol y la temperatura. Como dirían, a ojo de buen solero.

Y luego de habernos cantado unas ocho canciones, dos de ellas en inglés y una en miskito, Chayanne busca otros clientes mientras se seca el sudor con la camiseta promocional que le regaló Cuneta Son Machine, con quien dice haber compartido escenario algunas veces, de tal manera que su fama ha trascendido las fronteras para colocar sus shows, y lo dice con cierto orgullo, en Twiter y Facebook. Aunque sus fans más cercanos prefieren grabarlo en sus celulares o en sesiones privadas con video.

Así es que los invito a disfrutar del show de Chayanne mientras se dan un chapuzón en Pochomil con su familia, disfruta la deliciosa brisa marina, se receta un delicioso pescado encebollado, con espinas, y comprueba que en el mar, la vida es más sabrosa.

 

Managua, 15 de octubre de 2012