León Núñez
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Desgraciadamente en este mundo todo está sujeto a desgaste. Se desgastan las palabras, los principios, la credibilidad, la moral, la política, las emociones.… Hasta el amor se desgasta, inclusive la sensualidad. A mí no me cabe la menor duda que el ejercicio del poder desgasta; que desgasta a quien lo ejerce. Pero es importante señalar que también el mismo poder se desgasta.

Tal vez por la influencia que todavía ejerce el principio de que las cosas se desgastan naturalmente por el transcurso del tiempo, una minoría de analistas políticos acoyapinos considera como un tipo de desgaste natural el desgaste político del doctor Alemán, y digo una minoría, porque existe una mayoría que atribuye su enorme desgaste político no al transcurso del tiempo sino a la comisión de errores graves que no podrían justificarse con la frase latina: errare humanum est.

Mientras los analistas de Acoyapa hablaban del tema del desgaste político, yo estaba pensando que el ejercicio del poder no solamente producía un desgaste político sino también un desgaste erótico. Mis primeras reflexiones sobre este punto me llevaron a defender la tesis de que el desgaste erótico se producía en la misma proporción con que se producía el desgaste político.

Los analistas políticos acoyapinos me recomendaron que investigara este tema, y cuando yo trataba de descubrir un método para iniciar mi investigación recordé que al principio del período presidencial del doctor Alemán escribí un artículo en el que citaba la opinión de alguien que creía que para las mujeres lo más erótico era el poder, y que quizás en la libido del poder se encontraba la explicación del porqué en Nicaragua abundaban las mujeres que confesaban orgullosamente tener o haber tenido amores con el Presidente de la República.

Me estuve acordando nítidamente de esas mujeres confesas, muchas de ellas amigas mías, que en ese entonces, hace más de tres años, me dijeron: “mi primer desliz lo tuve con Arnoldo, mi primer novio fue Arnoldo, Arnoldo fue el amor de mi vida, Arnoldo es enamorado mío, vos vieras cómo me persigue Arnoldo”.… El recuerdo de esas amigas me dio la pista de mi investigación. Sólo tenía que volver a hablar con ellas para averiguar si en Nicaragua, desde 1997 al 2001, se había producido algún desgaste erótico del poder.

La señorita que me confesó que su primer desliz lo había tenido con el doctor Alemán fue la primera amiga con la que conversé. Se trata de una mujer joven, muy delgada y muy bonita. Al recordarle su confesión, me dijo que no se acordaba haberme dicho semejante cosa; que ella tomaba todo esto como una broma mía de mal gusto; que a ella siempre le habían gustado solamente hombres muy delgados, y que ni loca haría el amor con Alemán porque lo haría angustiada por la posibilidad de morir aplastada o destripada. La realidad es que todas mis amigas negaron haberme dicho algo sobre sus vinculaciones amorosas con el doctor Alemán. Es más, todas negaron conocerlo personalmente.

Esta nueva posición de mis amigas, consistente en negar lo que orgullosamente antes afirmaron, debe interpretarse en el sentido de que en Nicaragua el poder padece también de un acusado desgaste erótico, mucho mayor que el desgaste político, lo que vendría a contradecir la tesis de que el desgaste erótico se produce en la misma proporción con que se produce el desgaste político.

Como faltan seis meses para que concluya el actual período presidencial, es posible que todavía quede en el poder un pequeñísimo rescoldo de voluptuosidad, pero este rescoldo, según los analistas de Acoyapa, no es suficiente para despertar ya en las mujeres los apetitos libidinosos que el poder les despertó en enero de 1997.

Después que informé a los analistas de Acoyapa el resultado de mi investigación, e stos pronosticaron, como para confirmar la teoría del eterno retorno de lo igual, que el erotismo del poder se volverá a manifestar con todo su vigor a partir de enero del 2002. Sin embargo, aunque reconocieron la carga sensual del poder, restaron importancia política al desgaste erótico del mismo.

Finalmente los analistas acoyapinos no quisieron hacer pronósticos sobre otras clases de desgastes que el poder podría padecer durante el próximo período presidencial. Lo único que expresaron fue su esperanza, su deseo, de que este pobre pueblo de Nicaragua pare de sufrir; de que no siga sufriendo del desgaste que verdaderamente lo tiene postrado, desgaste que algunos moralistas consideran políticamente el mayor de los azotes y socialmente el peor de los desgastes: el desgaste ético del poder.