León Núñez
  •   Managua, Nicaragua  |
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A principios de diciembre del año 2000, doña Cony, asistenta del doctor Alemán, me llamó por teléfono para decirme que el Presidente de la República quería hablar conmigo. Convenimos en que yo llegaría a la oficina del Presidente un miércoles a las diez de la mañana.

Tal como acostumbro en toda cita, llegué cinco minutos antes de la hora prevista. Estuve esperando hasta las once de la mañana, hora en la cual le avisé a doña Cony que no podía seguir esperando porque media hora más tarde tenía que atender a un cliente en mi oficina de abogacía.

Doña Cony me pidió con extraordinaria cortesía que siguiera esperando, que pronto me iba a recibir el Presidente, pero tuve que retirarme no sin antes manifestarle que yo podía asistir a otra cita siempre y cuando fuera recibido por don Arnoldo exactamente en la hora acordada. Doña Cony no me volvió a llamar.

Durante varios días estuve pensando acerca del motivo que tuvo el doctor Alemán para citarme a su despacho. ¿Ofrecerme un puesto? No creo. Él sabe que desde que me corrió del gobierno bajo ninguna circunstancia volvería a ser empleado público. ¿Tratar algún asunto partidario? Tampoco creo. Él conoce, mi rotunda oposición no sólo a la personalización de los partidos políticos sino también a la personalización del poder. Entonces, ¿cuál sería la razón de tan extraña invitación? Para mí todo esto era un misterio.

Pero el misterio dejó de serlo a partir de una conversación que tuve con un ministro del gobierno de Alemán , en Palo Solo, en Juigalpa. Le conté lo antes expuesto y el ministro, supuestamente amigo mío, me dijo: “te salvastes de milagro, lo que Arnoldo quería era verguearte por algunos artículos que has escrito últimamente en La Prensa”. Inmediatamente recordé el caso Tomás Borge Martínez - José Castillo Osejo.

Días más tarde estuve suponiendo sobre lo que hubiera pasado —en caso de que fuera cierto lo dicho por el ministro— si yo hubiese entrado al despacho presidencial, y concretamente estuve pensando sobre cuál hubiera sido mi reacción ante la agresión tomista de don Arnoldo.

Después de estar consciente de mi falta de experiencia boxística, pues yo nunca me he agarrado con nadie a los trompones, y después de haber analizado objetivamente las condiciones físicas de don Arnoldo y las mías, relacionadas con el boxeo, llegué a la conclusión de que no me hubiera defendido; de que no me hubiera enfrentado a la furia paranoica del poder. Las razones son claras.

El doctor Alemán me aventaja físicamente en muchas cosas. Es más alto que yo. Tiene brazos más largos que los míos, es decir, que tiene mucho más alcance que yo. A pesar de que los dos somos gordos, yo peso ciento cincuenta libras menos que él. Yo tengo pies planos, él no. Su cuello es corto; el mío es cortísimo, lo que hace que mi movilidad de cuello sea casi nula. Realmente no hubiese podido capear ni los panzazos ni los golpes que me hubiera lanzado directamente a la cara, máxime si tenemos en cuenta que soy hombre de cintura rígida. A este respecto, yo considero que lo único que el doctor Alemán y yo tenemos en común es nuestra falta de movilidad de cintura. Los dos tenemos cintura de chancho, que es el tipo de cintura que los vecinos de la comarca Guanacastillo de Acoyapa nos atribuyen a los que somos gordos. Aparte de la cintura, no hay duda que las demás ventajas de don Arnoldo son innegables.

Pero también estuve pensando en que no me hubiera defendido ni aún en el supuesto caso de que yo tuviera gran experiencia boxística, ni aún en el caso de que el doctor Alemán no tuviera sobre mí las ventajas apuntadas; pues estoy seguro que precisamente en el momento en que conmigo le hubiera empezado a salir al Presidente la venada careta, todos los miembros de la banda de los Montesinos hubiesen procedido a echarme la vaca. Como dice mi amigo el ministro, me salvé de milagro. Tuve suerte.

Es indudable que en nuestro país el hecho de hacer uso del derecho a la libertad de expresión tiene sus riesgos, pero estamos dispuestos a continuar enfrentándolos, a continuar defendiendo públicamente nuestra posición contra la dedocracia, contra la personalización del ejercicio político del poder, tan nefasta en la historia política de Nicaragua.