Jorge Eduardo Arellano
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El General José Dolores Estrada es considerado héroe por la Batalla de San Jacinto, protagonizada el 14 de septiembre de 1856. Pero su heroicidad verdadera, por la que se comenzó a celebrar su gesta heroica de San Jacinto, a partir del año 1869, por el Presidente Fernando Guzmán, no fue por San Jacinto, sino por su lucha obstinada por el respeto al derecho Constitucional.

Sí, realmente el General Estrada no es héroe por una batalla que según el propio General Estrada duró 4 horas (aunque Patrick Werner, asegura que duró solamente 10 minutos, basado en un interesante análisis del tipo de armamento y capacidad combativa de las tropas en pugna); sino que es héroe por haber combatido al General Tomás Martínez en 1863, cuando éste se impuso fraudulentamente en un segundo período presidencial y por haberlo enfrentado nuevamente en 1869, cuando quería Martínez destituir por la vía golpista al Presidente constitucional Guzmán.

En pocas palabras, el General Estrada se alzó en armas en 1863, inicio del segundo mandato presidencial del General Martínez, para defender la Constitución Política que prohibía la reelección presidencial. Martínez había conseguido que el Congreso Nacional le autorizara presentarse a la candidatura presidencial, alzándose con la victoria de manera fraudulenta. Lo que muy pocas personas saben es que Estrada se atrincheró en San Jacinto, por segunda vez, en abril de 1863, y tuvo que buscar refugio en Ometepe, hasta salir exilado a Costa Rica.

Permaneció exilado desde 1863 hasta 1868, durante todo el período presidencial de Martínez y parte del período presidencial de Fernando Guzmán; dedicado a la agricultura y en extrema pobreza, todo por causa de que el General Martínez le había declarado “traidor a la Patria” (¡!) y le había quitado el grado de General, por medio de un decreto ejecutivo, emitido el 24 de abril de 1863. Así que nuestro héroe de San Jacinto fue declarado “traidor a la Patria” por su antiguo jefe de armas antifilibusteras, Martínez, todo porque se había opuesto a su reelección y había defendido con las armas el derecho constitucional.

Correspondió al Presidente Guzmán otorgarle una amnistía, devolverle el grado y darle su lugar como héroe nacional, por decreto ejecutivo del 9 de septiembre de 1868, año y mes en que retornó a Nicaragua nuestro héroe de San Jacinto. Retornó pobre y enfermizo, pero con la frente en alto. Más no sabía que la historia le tenía reservado todavía una acción heroica más, defender nuevamente el derecho constitucional que nuevamente se vería amenazado por el General Martínez, ahora en alianza con el General Máximo Jerez, en junio de 1869.

Como a Martínez y a Jerez no les resultaba agradable la presidencia de Guzmán, a pesar que el primero había propuesto su candidatura, pensando que le iba a dominar como “títere”; decidieron alzarse en armas contra este gobierno conservador, argumentando la necesidad de once puntos revolucionarios, que si bien en su contenido podrían tener sustento (luego fueron incorporados a la revolución liberal de 1893), en esas circunstancias no era justificable la acción revolucionaria armada, pues ellos dos eran miembros activos y beligerantes del Congreso Nacional, donde perfectamente pudieron haber incluido las iniciativas de reforma constitucional.

En vez de eso optaron por la revolución armada, que inició el 27 de junio de 1869 en León, poniendo en una situación muy difícil al Presidente Guzmán, quien era más bien un estadista que militar, pero con sabiduría de gobernante nombró al General Estrada como Jefe Supremo del Ejército para defender la constitucionalidad. Ante este desafío el héroe de San Jacinto aceptó y llamó a los nicaragüenses a enfrentar a los verdaderos “traidores a la patria”, como calificó a Martínez y a Jerez. “Vamos a combatir en defensa del orden y la libertad”, dijo.

Estaba a cargo de la jefatura del ejército defensor de la constitucionalidad, cuando falleció el 12 de agosto de 1869, a los 73 años de edad. Murió como general y en ejercicio de su cargo, de enfermedad natural. Sin embargo, se llevó a la tumba la gloria de haber muerto como un verdadero héroe en defensa de aquello por lo que había luchado en San Jacinto, siendo consecuente toda su vida con sus propios principios de derecho, justicia y libertad. Su ejemplo fue una bofetada en el rostro de Martínez y Jerez, quienes más bien demostraron ambiciones desmedidas en busca solamente de sus propias glorias y no las de la Patria.

Guzmán, logró la victoria sobre los insurrectos Martínez y Jerez, por muy increíble que parezca, pues a la muerte de Estrada depositó la Presidencia de la República en su principal opositor, don Pedro Joaquín Chamorro (quien también había asumido interinamente el cargo del Ejército); y asumió personalmente la defensa de la constitucionalidad y el Estado de derecho. La derrota definitiva fue el 22 de octubre de 1869, retornando la paz a Nicaragua, y recibiendo los insurrectos una amnistía generosa de parte del Presidente triunfante, por mediación del embajador norteamericano Charles N. Riotte.

De tal manera que a partir de hoy, estimado lector, cuando recuerde al General Estrada no lo piense solamente como el héroe de San Jacinto, que si bien fue notoria victoria, no fue la que realmente lo elevó a la categoría de héroe nacional, sino recuérdelo como aquél que prefirió el exilio antes que aceptar una presidencia fraudulenta y reeleccionista; y asumió con gallardía la jefatura del Ejército para enfrentar el anticonstitucionalismo de sus dos antiguos correligionarios de luchas antifilibusteras, todo por amor a la patria.

Y hónrelo poniéndose firme frente a la bandera nacional, y repita las palabras del General Estrada dichas el 14 de febrero de 1868, cuando todavía permanecía exilado en Costa Rica: “Si tuviera ocasión haré lo que sea mi deber de patriota con la misma fe, sin la esperanza que me sea pagado. Yo sé cuál es el premio que se da a los que se sacrifican por la Patria”.

*Historiador.