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Ella me ha pedido que lo cuente. Sucedió así:

La mujer, de 81 años abrió la puerta lentamente. La otra mujer, unos diez años más joven, le dio los buenos días y le preguntó si conocía a alguna modista por allí cerca. La mujer de 81 le dijo que hubo alguna hace tiempo pero que se había mudado a otro sitio y que ya no sabía dónde podría encontrarla. La segunda mujer dijo “Está bien. Seguiré buscando”. La mayor cerró la puerta y sintió algo extraño.

Al poco tiempo, volvió a escuchar que alguien llamaba a la puerta. Era la misma mujer, pero esta vez algo dubitativa, temerosa:

-Disculpe, era sólo que, no sé; antes me dio la impresión de que… ¿Vive usted sola?

La mujer de 81 años, que en realidad es como una niña en espera del próximo juego, le dijo que no, y de paso le contó parte de su vida. No tiene demasiados reparos en hacerlo. La otra mujer, la más joven, se despidió de un modo extraño.

-Si alguna vez, necesita algo, no dude en llamarme. Y le dejó su número de teléfono.

Al cabo de un par de días, la mujer mayor recibió una llamada de teléfono de una vieja amiga del pueblo. El padre de la mayor había sido alcalde de ese pueblo en tiempos de la dictadura. Todo el mundo lo recordaba por su amplia sonrisa y también por su afición a la caza. Lo malo era que no sólo era alcalde sino que cobraba los impuestos en todos los pueblos de alrededor hasta la frontera. La mujer mayor guarda un recuerdo exquisito de su padre, y el paraíso tiene la forma de la casa que habitó cuando pequeña en aquel pueblo al que nunca volvió.

La amiga le preguntó:

-Elisa (que así se llama), ¿verdad que se presentó una mujer el otro día en tu casa preguntando por una modista?

-Sí – contestó Elisa -. ¿Cómo lo sabes?

-Bueno, en realidad la conozco y… No buscaba una modista. Te buscaba a ti.

-No entiendo.

-Quería conocerte. Saber cómo estabas.

-¿Pero por qué? – preguntó Elisa apurada.

-Porque aunque ella no se atrevió a decírtelo, quiero que sepas que esa mujer es tu hermana. Se llama Emilia. Me pidió que yo te lo dijera primero. Ella te llamará pronto para saber si quieres conocerla.

A Elisa se le desarmaron algunos recuerdos de infancia en aquel momento. Nunca había tenido una hermana. Sólo un hermano. Enterarse ahora era un juego del destino. Pero al mismo tiempo quería saberlo todo, y por supuesto aceptó encontrarse con su hermana, recién descubierta.

Antes de ir a conocerla, le sobrevino una duda incómoda. Podía perdonar a su padre por haberle ocultado que hubiese tenido otra hija. Pero no que se hubiera portado mal con esa otra mujer o que hubiera descuidado a la pequeña. Antes de la cita con su nueva hermana, me llamó. Elisa, que es mi madre, tenía miedo de enfrentarse a recuerdos falsos.

Yo le dije lo que pude. Que mi abuelo pudo ser muy bueno para ella y muy malo para otra persona al mismo tiempo. Que así son las cosas a veces. Qué más le podía decir. Pero lo más importante es que se lo tomara con alegría, pues la hermana con la que no pudo jugar de pequeña, se la estaba regalando ahora la vida.

En la cita, ambas se intercambiaron fotos. Las miraban en detalle y se miraban a los ojos, buscándose los rasgos, los gestos del padre que tenían en común. Para Emilia, mi abuelo, no fue un buen padre. Para mi madre, sin embargo, fue el mejor del mundo. Yo lo recuerdo con cariño, a pesar de todo, y él sé que a mí también me quería, porque me pidió antes de morir la estampa de mi primera comunión para llevarla en el bolsillo de su camisa, con la que fue enterrado.

Al fin y al cabo, todo el mundo tiene derecho a pensar que su padre fue una buena persona. Pero lo importante es que mi madre, ahora, tiene una nueva amiga, que además es su hermana.

-Nunca sabes lo que puede ocurrirte. Esto tienes que contarlo- me dijo.

Y aquí estoy, obedeciéndole.

 

* Escritor

sanchomas@gmail.com