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El lenguaje, instrumento fundamental de comunicación entre los humanos, constituye un medio para crear, mantener y fortalecer una vida social, estrechar lazos de amistad y convivencia, salir de la soledad, romper la estrechez del individualismo y constituir grupos capaces de enfrentar riesgos y peligros, vencer dificultades y comprenderse, amarse y servirse mutuamente.

Como vehículo de comunicación, es una facultad humana y animal, con la diferencia de que el animal posee un repertorio limitado e inmutable, que no cambia ni evoluciona significativamente, porque sus congéneres reproducen el código sin modificación y por tanto sin creatividad ni enriquecimiento. Desde que soy, desde que existo, sigo oyendo el mismo “mu” del toro y de la vaca. (Uno de los rasgos que distinguen al hombre de los animales, incluso de sus antepasados antropoides, es el uso del lenguaje).

El ser humano, en cambio, al emplear su repertorio heredado lo cambia o modifica, lo bautiza o lo matiza. Nosotros decimos “reventar una cuerda” no “romper una cuerda”. Eso quiere decir que tenemos, además, nuestros propios gustos y preferencias. De niño aprendí que el hablante nica prefiere “quebrar” a “romper” (‘hacer pedazos’). Y este “quebrar”, a diferencia del balido del toro y de la vaca que sigue siendo el mismo, va creciendo en los usuarios con nuevas acepciones y matices. Alfonso Valle apenas registra dos acepciones en su “Diccionario del habla nicaragüense”: un significado recto (‘machacar el maíz antes de molerlo’), y uno figurado (‘parece que no quiebra un plato...’) para referirse al tipo “malacate” que finge ser una persona inofensiva. Pero los queseros chontaleños hablan de “quebrar” cuando van a desbaratar la leche ya cuajada para preparar el queso, los marineros de Corinto llaman “quebrar” al acto de doblar la red, los negociantes dicen “quebrar” si su negocio va a la ruina, y hasta se dice “quebrar” cuando alguien le quita la vida a otro. Y ya no digamos del difundido “quebrar” (fornicio) de nuestros jóvenes.

Y es que el lenguaje, como ente vivo y dinámico (“el lenguaje habla”, dice Heidegger), refleja la vida vivida por el usuario en su doble dimensión: lo objetivo y lo subjetivo. Nunca un hecho real, sentido o imaginado se expresa exento de algún matiz de afectividad. Y para lograrlo, siempre tiene a mano expedientes variados: aumenta o suprime sonidos, o los altera o los modifica. Y lo colorea con una carga expresiva. El nica prefiere “tembeleque”, más sonoro que el peninsular tembleque. O crea o recrea la palabra, como “tuntunear” (‘andar de un lado para otro’), tal vez del español estándar “al tuntún” (‘sin conocimiento del asunto’) y le agrega otros sonidos: “tuntunequear”. Por eso nos dice Adela Ponce Molet que “todo hablante es capaz de crear la palabra, de darle una existencia autónoma y más o menos perdurable”.

Casi todo lo que decimos se traduce en impresiones y juicios de valor matizados de afectividad: “matancina” (‘gran cantidad de alumnos aplazados’), “camellada” (‘caminata larga y fatigosa’), “virriondo” (‘viejo libidinoso’), “ser boca de excusado” (‘caracterizarse por usar un lenguaje soez’), “hacerse el muerto para que lo carguen” (‘ser culpable y hacerse la víctima’), “hacer tiras al prójimo” (‘desbaratarlo moralmente’) son palabras y expresiones que, pensadas y proferidas en un contexto determinado, se cargan inevitablemente de valores expresivos.

Una afirmación o una negación pueden parecernos respuestas muy objetivas; sin embargo, el hablante está siempre detrás de esas simples palabras, descubriéndonos su vida interior en toda su plenitud. Porque cada quien, desde su propia experiencia -lo individual, lo propio, lo diferente del otro- matiza la palabra o la expresión de manera particular, para revelarnos –consciente o inconscientemente- sus estados interiores del “yo”, su zona espiritual muy íntima: “Le hiede la vida” es reconocer explícitamente a alguien a quien no le importa el riesgo o el peligro; “No haber grupera que le alcance” se dice de quien no hay nada que le satisfaga.

En verdad, una misma experiencia vivida por personas diferentes adquiere valores únicos en cada uno, con su carga emocional plenamente sentida y matizada con expresiones hiperbolizadas que saltan el límite semántico: “ni a cañonazos”, “ni amarrado”, “ni con la guardia”, “ni en broma”, “ni loco”, “ni que me lo regalen”, “ni que me paguen”, “ni que me maten”. Tiene razón Berkeley: “La comunicación de ideas no es el principal fin del lenguaje…, hay otros fines como el de despertar alguna pasión, estimular o impedir alguna acción o colocar el espíritu en alguna posición en particular”.

 

* Escritor y lingüista.

rmatuslazo@hotmail.com