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En la vida de Rubén Darío (18 de enero, 1867 - 6 de febrero, 1916) se advierten dos grandes etapas: la americana, de 1880 —cuando se iniciaba en la escritura— a 1898, año de su traslado desde Buenos Aires a Europa; y la cosmopolita: de 1898 hasta su muerte. Es decir, 18 años en cada lapso cronológico, independientemente de sus breves viajes intercontinentales. En total, desde 1892 cruzó doce veces el Atlántico.

De ahí que su obra se haya concebido como transatlántica y, de hecho, lo fue. A .partir de Azul... (Valparaíso, 1888) comenzó a renovar la poesía y la prosa en lengua española, empresa estética que prosiguió en Los Raros y Prosas profanas y otros poemas (ambos bonaerenses y de 1896) para culminar en Cantos de vida y esperanza y Los cisnes y otros poemas (Madrid, 1905).

Pero su obra creadora, signada por la modernidad, abarcó otros títulos en verso editados en España: El canto errante (1907), Poemas de otoño y otros poemas (1910) y Canto a la Argentina y otros poemas (1914), además de cuentos, relatos, intentos de novela, crítica de arte, ensayos, semblanzas, manifiestos, reseñas, traducciones, páginas autobiográficas y, sobre todo, crónicas. Fue a través de ellas que, especialmente, proyectó su arraigado cosmopolitismo, resultando un testigo e intérprete lúcido de su tiempo. Así lo demostró en los libros Peregrinaciones, España contemporánea (ambos de 1901), La caravana pasa (1903), Opiniones (1905) y otros.

Si Nicaragua fue su patria original y Chile su segunda patria, Argentina constituyó su patria intelectual, España la patria madre y Francia la patria universal; además, en función de su ideario artístico, se forjó una sexta: nuestra patria a la Belleza. Pero la columna vertebral de su credo político fue la latinidad: un imaginario que comprendía España, Francia e Italia, con el cual se enfrentaba al mundo anglosajón.

Ni torremarfilista ni esteta apolítico —como ha señalado cierta crítica mediocrática— sino un pensador progresista, un cantor de nuestra América, un hombre acosado por los problemas del planeta y de la existencia, fue nuestro Rubén Darío, cuyo inmenso corpus literario es irreductible a cualquier interpretación excluyente. Por eso optamos por recalcar que su proyecto esencial no fue otro que la apropiación de la cultura de Occidente como totalidad.

En esa dirección, asimiló toda la literatura decimonónica de Francia, sobre todo la más avanzada: Baudelaire, Rimbaud, Verlaine y Mallarmé. Pero ese afán universalista no fue advertido por muchos de sus coetáneos e incluso por sus herederos que irrumpieron en los años 20 del siglo XX, entre ellos los jóvenes nicaragüenses de vanguardia que lo llamaron —parodiando una frase de Heine— “un senzontle que hizo su nido en la barba de Víctor Hugo”. Sin duda, desconocían aquella afirmación de Darío que él mismo protagonizaría: Una cosa que nos hace superiores a los europeos en cuanto a ilustración es que sabemos lo de ellos más lo nuestro.

Para entonces, —1911— Rubén desempeñaba una función central como ciudadano de la lengua española, a la que revitalizó, liderando en Buenos Aires el modernismo hispanoamericano (cuando aseguraba, aludiendo a sus compañeros y discípulos: somos ya legión y contamos con treinta y cuatro revistas en todo el continente) y encabezando el peninsular desde 1899. Más aún: ya se había constituido en el valor poético hispano más grande desde el Siglo de Oro.

Esta es la imagen —reducida a su mínima expresión— que, a través de no escasas horas de estudio, he elaborado. Y desde hace más de 40 años en múltiples páginas que han conciliado el fervor y el análisis, la objetividad científica y la admiración permanente, al igual que otros dariístas.

 

* Escritor e historiador