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El culto al héroe desnaturaliza las luchas sociales y, paradójicamente, desfigura el carácter humano. Es lógico que el héroe sea un ser divinizado, más que por sus hazañas, por su martirio, bajo la influencia religiosa que ve la muerte como un acto absurdo. De modo, que el héroe une la singularidad con lo general, al imponer la muerte sobre la vida, por medio de un salto de la naturaleza hacia el mito. Pero, hacia un mito estéril, que achica la conciencia humana.

En una guerra civil hay muchos mártires, pero, no todos son declarados héroes. El héroe es un símbolo, que a la ideología hueca le conviene resaltar. Por ello, pasa a tener importancia quién se asigna la función litúrgica oficial de proclamar al héroe.

Algún héroe no tiene ideología definida. Alguno, ni siquiera se ha destacado por su valor. La condición común, es que todos han muerto a manos de fuerzas enemigas, de fuerzas extrañas a la nación.

Una ideología vacía, hace del heroísmo una forma de eludir cualquier debate de ideas, en un intento de levantar una muralla para que no entre legalmente la cultura. El héroe, ahora, señala con su dedo la política actual como un destino. Lo antinatural predomina, de modo que el sistema político se funda en una razón mesiánica, que en el terreno simbólico desborda la lógica y la conciencia humana, con el martirio como ideal supremo. Es la sanción de Némesis a quienes no han muerto, que deben cargar con el peso de los héroes, ante el mesías que camina sobre los hombros de éstos, sin tocar jamás el suelo.

Con el paso del tiempo, la selección de héroes se ha hecho menos excluyente. Es la forma de expresar, en símbolo de muerte, nuevas alianzas, de atraer nuevas conciencias hacia las órbitas más débiles del poder. De manera, que se cultiva el instinto de la muerte como una hermandad deshumana, que recubre el interés mezquino.

En la sesión del 3 de octubre, la Asamblea Nacional, ha tomado a un periodista, a Pedro Joaquín Chamorro, que tenía un sitial propio en nuestra historia, lleno de significado humano como luchador por la libertad de expresión, y lo ha incluido en el anonimato estéril de los héroes, en un acto litúrgico banal.

Los barrios tienen nombres de héroes, las calles tienen nombres de héroes, los edificios, las escuelas, los monumentos tienen nombres de héroes. Casi es un deshonor vivir como un ser normal, y debemos ser aplastados por el heroísmo que invade la ciudad. La historia se ha detenido en esa dimensión estéril, que exalta la muerte. El significado político adquiere un carácter ritual, de apariencias.

Sin embargo, el rito resulta poco efectivo ante las necesidades humanas. La contradicción natural crece hacia una crisis que descubre los pies de barro del mesianismo. Los héroes, inmateriales no surgieron para explicar la realidad en crisis, y no tienen pasta para conformar una fuerza de choque contra las luchas sociales. Su dedo no apunta a ningún sitio, ante un sistema político en crisis.

El destino arrollará a la razón mesiánica. La realidad humana prescindirá de los ritos. La necesidad irá desnuda, sin símbolos, a proclamar con sencillez la supremacía de la vida. Y se reivindicará, nuevamente, en las calles y escuelas, a científicos, a exploradores, a navegantes visionarios, a filósofos, a poetas, a profesores insignes.

La ciudad dejará de ser un gran panteón, un mausoleo gigante de seres clandestinos desgarrados terriblemente al morir. Y los ciudadanos, en una nueva cultura, pasarán a venerar con simpleza natural a quienes fructificaron creativamente en vida. Se enterrará finalmente a los muertos, para abrir camino hacia un futuro humano, sin mesías, sin salvadores ni religión.

 

* Ingeniero Eléctrico