León Núñez
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Uno de los riesgos más graves que enfrentan los gobernantes, y lo han enfrentado a lo largo de la historia, es el riesgo de la adulación. Ante gobernantes adictos a la adulación son los aduladores – que generalmente son serviles- los que más influyen en el ejercicio del poder, pues saben cómo penetrar en la inteligencia del gobernante y cómo manipular la voluntad del mismo.

El gobernante aduladicto es un gobernante fácilmente influenciable. Podría decirse que vive a merced de los aduladores, especialmente del más experto, del más hábil, del profesional de la adulación, que es el que mejor mide las debilidades racionales y emocionales del aduladicto.

Un individuo que llegue a conocer los principales rasgos psicológicos que definen la personalidad de un gobernante aduladicto, y que además llegue a dominar la dialéctica del elogio y la técnica verbal de la alabanza, tendrá plena capacidad de influir decisivamente en las decisiones del poder, o en otros términos, podrá inducir a un gobernante a tomar determinada decisión.

Lo primero que hace el adulador profesional es estudiar la personalidad del gobernante y medir su inteligencia. Esto le permite primeramente darle poco a poco pequeñas dosis de estímulos de naturaleza lisonjera, y a medida que va analizando las reacciones del gobernante ante tales estímulos, en esa medida la dosis la va aumentando o la va disminuyendo, de tal suerte que así se van enterando, como se dice vulgarmente, por donde cojea más el gobernante. Lo importante para un político experto en adulación es que el gobernante aduladicto crea que las frases aduladoras responden con precisión matemática a la verdad, que se trata de un simple como obligado reconocimiento a sus geniales dotes de estadista.

Llegar a dominar una adecuada técnica dosificadora de incienso es vital para el adulador, porque no todos los gobernadores aduladictos son iguales. Por lo tanto, el adulador profesional debe conocer cuál es la adulación que puede tragarse un gobernante aduladicto, pues de lo contrario el tiro le podría salir por la culata, tal como sucedió, por ejemplo en España, en el caso de un poderoso cura que cayó en desgracia después que Franco lo mandó a callar casi inmediatamente después de haber comenzado su discurso tratando de explicar las dieciséis razones por las cuales Franco debía ser rey. O este cura es estúpido o quiere que se rían de mí, le dijo Franco al General Camilo Alonso Vega después del incidente. Sin embargo, a Franco le gustaba que le dieran coba con la exposición de las razones teológicas que explicaban porqué Dios lo había escogido a él caudillo de España: un caudillo de España por la gracia de Dios.

Un gobernante aduladicto, cuando no es adulado, se deprime. Esta circunstancia lo hace aduladependiente, lo que lo obligará siempre a buscar con ansiedad a sus cortesanos, a los miembros de su círculo íntimo de aduladores para que lo mantengan en un estado de embriaguez, en un estado de euforia causado por el narcótico de la adulación.

En este estado el gobernante aduladicto queda supeditado al adulador, pues éste sabe que un gobernante de esta clase, por su intoxicación crónica, es un compulsivo consumidor de elogios, con tendencia a que se le aumenten las dosis de adulación y con una clara dependencia psíquica de sus efectos, dependencia que el adulador aprovecha con éxito para mandar más y para serrucharles el piso a los demás. Para nadie es un secreto que el poder de Rasputín —su enorme influencia política— radicaba en su portentosa capacidad de adulación.

Ahora que se van descubriendo en el Perú una serie de pormenores que caracterizaron las relaciones personales y políticas entre Alberto Fujimori y Vladimiro Montesinos, nos damos cuenta cómo Fujimori era un aduladicto y cómo el mentado Vladimiro fue un consumado maestro de la adulación, que convirtió a Fujimori en una especie de marioneta, cuya actuación era impulsada, con tino y sutileza, por los hilos aduladores que el moderno Rasputín peruano manejaba con consumada destreza.

El alejamiento del mentado Vladimiro del círculo íntimo de Fujimori causó a éste una enorme depresión. Para Fujimori eran vitales los estímulos aduladores de Vladimiro Montesinos; le causaban no solamente la euforia que necesitaba para vivir con la conciencia tranquila sino también la justificación política de sus actuaciones. Fujimori al no poder vencer la depresión se desplomó psicológicamente, se sintió trágicamente solo, triste, temeroso e indefenso, y huyó al Japón.

La sola cita de esos dos célebres aduladores, nos hace recordar que el adulador es una persona con mentalidad dolosa, pues siempre persigue en forma desleal una indebida ventaja personal o el daño de otra persona, o ambas cosas a la vez. En el adulador hay maldad, mala intención; hay perversidad, perfidia, saña.… Tiene un cerebro repugnante y un corazón sucio. El adulador participa de la naturaleza psicológica del estafador que trata de doblegar con medios engañosamente aduladores el consentimiento del gobernante aduladicto. En estricta lógica, la inteligencia del gobernante aduladicto es severamente afectada por el adulador porque este tipo de gobernante es incapaz de advertir la trampa que se le tiende con maquinaciones aduladoras que estimulan falsamente su autoestima, que alimentan su egocentrismo y fomentan su adicción a la adulación.

Son enormes los perjuicios que los aduladores han causado a nuestra patria. Yo creo que los futuros presidentes de Nicaragua no deben enfrentar el riesgo de la adulación. Yo no sé cómo, pero los aduladores deben ser excluidos del círculo del poder, pues solamente así se podrá evitar que vuelvan a ejercer su nefasta influencia sobre la inteligencia y la voluntad de todos aquellos gobernantes que, en el futuro, habrán de dirigir los destinos de este pobre país.