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El somocismo, como fenómeno social y político, ha dejado secuelas negativas en la idiosincrasia del nicaragüense. Relativamente superadas, sin embargo, en la medida que, pese a que no formó una ideología nacional, y que restringió los derechos formales de los ciudadanos, facilitó, sin embargo, el desarrollo de las fuerzas productivas, incluido el conocimiento técnico y profesional, con un impresionante avance en la cualificación profesional, y con la formación de una extendida clase media, que modernizó la sociedad hacia un capitalismo dependiente.

Es indiscutible, que durante el somocismo se practicó una producción intensiva con excelentes rendimientos y con gran eficiencia en el cultivo de materias primas agrícolas, especialmente en el rubro del algodón, en el mejoramiento del hato ganadero, en el cultivo del café.

Al frente de la economía, desde el Banco Central, se encontraban los responsables de la expansión de la economía nacional. Una generación de profesionales de la rama económica (conocidos como “minifaldas”) formados por el programa de becas del Banco Central, en las universidades Yale, Stan­ford, Whar­ton, MIT, Har­vard, The Lon­don School of Eco­nom­ics, Colum­bia, que con­cretizaron estu­dios financieros o de factibil­i­dad de proyectos, crearon el Fondo Espe­cial de Desar­rollo (FED), para desar­rol­lar la ganadería, la Direc­ción de Inves­ti­ga­ciones Téc­ni­cas (DIT), el Min­is­te­rio de Agri­cul­tura, y la Unidad de Análi­sis Sec­to­r­ial (UNASEC), para realizar estu­dios de mod­ern­ización y de uti­lización apropiada de sue­los.

El Estado, de 1960 a 1978, tuvo un carácter inter­ven­tor pro activo, expor­ta­dor neto de cap­i­tal. Dirigió la economía fuera de los intereses del mercado, y fomentó que se proveyera de capital a la producción nacional. Nicaragua tuvo un con­tinuo crec­imiento a una de las tasas más altas de América Latina, y gozó de solidez mon­e­taria inter­na­cional. A fin de lograr una distribución ordenada de recursos crediticios de largo plazo, se evitaron créditos tóxicos, de especulación comercial; se diseñaron inversiones indirectamente planificadas, por medio de la colo­cación de recur­sos financieros con límites predefinidos -a la banca comercial- en cada sector de la economía.

Se financiaba la inver­sión pública del Estado, en infraestructura, con la rentabilidad de las empresas estatales, TELCOR, ENALUF, IFAGAN, ENACAL.

El somocismo, producto de la intervención norteamericana, interrumpió la contradicción inter oligárquica y, en cierta medida, por la demanda de materias primas por la potencia hegemónica, ayudó a la modernización de la economía de enclave, y a la formación de una burocracia estatal técnica y profesionalmente eficiente.

La lucha contra el somocismo generó en el subconsciente colectivo un avance en la cultura del nicaragüense, que volvió anacrónico al somocismo como realidad política: tanto la hegemonía política familiar, como el ejército de carácter antinacional.

El orteguismo, como neologismo, encierra un significado degradante, en el cual, la ideología, inherente a toda sobre estructura estatal, es sustituida por la demagogia más ramplona, y por el clientelismo o la compra de conciencias. De manera, que el Estado se contrae para responder al capricho absolutista de una burocracia parasitaria. Han regresado, en muchos aspectos, expresiones anticulturales que responden a una sociedad oligárquica.

El Estado, desde los años ochenta, es un trampolín para que los funcionarios mejoren su estatus de vida, con la actitud psicológica propia de la oligarquía que obtiene ingresos y poder parasitariamente; por lo cual, cultivan valores y actitudes feudales.

Los tres artículos del doctor Núñez, publicados por El Nuevo Diario, el 17, 18 y 19 de septiembre, escritos con la amenidad mortal de la ironía, confluyen desde una vertiente que analiza la psicología del poder, hacia el cauce científico que pone a luz el feudalismo retrógrado que lleva consigo el orteguismo.

Efectivamente, son antivalores feudales los que denuncia el doctor Núñez, como parte de la idiosincrasia del nicaragüense:

“Una desmedida ambición de mando ocupa el primer lugar en nuestra escala de valores. Se produce una transformación patológica en la personalidad del nicaragüense cuando es nombrado para ocupar un alto cargo en la administración pública. Lo primero que salta a la vista son sus modales de patrón. Sabe que aún en contra del interés público, su empleado le va a obedecer”.

Para que la sociedad tenga funcionarios eficientes, dignos, que rindan cuenta de sus resultados, se requiere la superación del orteguismo. Con una modernización radical del Estado y de la sociedad, que permita el desarrollo de las fuerzas productivas.

El orteguismo, del 2007 a esta parte, muestra sus rasgos más retrógrados y degradantes, lo que facilita un cambio en la conciencia de los sectores populares. La superación de este modelo, se volverá insoslayable a partir del análisis de sus contradicciones esenciales, especialmente, desde las ciencias sociales y económicas.

 

* Ingeniero eléctrico