León Núñez
  •   Managua, Nicaragua  |
  •  |
  •  |
  • elnuevodiario.com.ni

Recién venido del exilio, en 1990, asistí en Managua a una fiesta de cumpleaños de un amigo que había sido un alto funcionario público del gobierno sandinista. Tal vez la asistencia fue de doscientas personas. Fui de los primeros en llegar. Me senté muy cerca de la entrada, en donde el cumpleañero recibía los consabidos besos de las invitadas. Y al grito de “¡ideaaáay hermanooooó!”, con las conmovedoras felicitaciones, seguían los entusiastas como apretados abrazos de los invitados.

Durante el transcurso de la fiesta, recorrí varias mesas para saludar a algunos amigos a quienes no había visto en muchos años. Y cuál no fue mi sorpresa que en todas las mesas el tema de conversación estaba directamente relacionado con lo que se había robado el cumpleañero. Todos eran coincidentes en afirmar que este ladronazo se había robado una gran fortuna.

Desde 1990 a esta fecha he asistido a algunas fiestas, y en todas, el denominador común fue siempre el comentario de los invitados sobre la debilidad del anfitrión por todas las cosas que hallaba mal puestas y aún por las que hallaba bien puestas.

Algunos amigos que suelen asistir a muchas fiestas me han corroborado que principalmente en la zona del Pacífico de Nicaragua es cierto el hábito de muchos invitados de hablar mal del dueño de la fiesta, hábito que se generaliza cuando el anfitrión es un alto funcionario público, sobre el que siempre pesa, aunque sea honrado, la presunción de que es ladrón y de que la fiesta la está pagando la institución donde trabaja.

La enorme distancia que existe en nuestro país entre lo que se dice por delante y lo que se dice por detrás, sólo mensurable en años luz, nos conduce al principio del absurdo lógico, que es un imperativo escénico de nuestra inmoralidad. Yo nunca he creído que sean razones de orden moral, de repulsa ética, las que impulsan a los invitados a destazar a los anfitriones.

Yo pienso que el hecho mismo de que los invitados asistan a las fiestas, unido a sus demostraciones públicas de estimación y afecto, significa que aparentemente los convidados respaldan socialmente a los anfitriones.

Entonces, ¿cómo se explica la conducta de los invitados de hablar mal de los anfitriones? Yo tengo la impresión de que los invitados que hablan así son personas frustradas. La frustración la causa el hecho de no haber podido robar más de lo que suponen que ha robado el dueño de la fiesta, o el sentimiento, más frustrante todavía, de no haber podido robar. Yo percibo la frustración con mayor nitidez cuando la lengua es más inmisericorde.

Siempre pienso en mis tesis de la frustración —como se dice para mis adentros— cuando estoy en una fiesta escuchando a un invitado disertando sobre la supuesta historia delictiva del que nos está dispensando en su casa atención y hospitalidad. Yo creo que esta conducta, constitutiva de mala educación, debe ser sometida a estudio psiquiátrico. Tal vez se trate de una enfermedad mental. Pero sea lo que fuere, ya en la Roma antigua se consideraba que era indigno el hombre que disfrutaba de la posada hablando mal del posadero. Debemos corregirnos o curarnos.