León Núñez
  •   Managua, Nicaragua  |
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Todos los domingos en horas de la mañana los alumnos internos del antiguo Colegio Rubén Darío —me refiero al colegio de la época de Monseñor Marco Antonio García y Suárez— nos trasladábamos a pie, en fila, a la Iglesia El Perpetuo Socorro a oír misa. Doña Salvadora Debayle de Somoza siempre asistía a la misma misa de nosotros o Monseñor García nos obligaba siempre a asistir a la misma misa de doña Salvadora. Don Marco Antonio era el sacerdote que oficiaba la misa.

Yo cursaba el sexto grado de primaria cuando vi por primera vez a doña Salvadora. Muchos feligreses —no estudiantes— después de la misa se le acercaban; la mayoría a pedirle algo y la minoría a saludarla, pero todos le decían mama Yoya. Yo creo que los que la saludaban, y no le pedían, estaban preparando el terreno para después pedirle. Yo también me acercaba al molote, no a saludarla ni a pedirle, sino a ver lo que veía. Me llamaba mucho la atención el hecho de que, personas mucho mayores que ella, la llamaran mama Yoya. Siempre tuve la impresión de que a doña Salvadora le gustaba que todo el mundo la llamara mama. A partir de julio de 1979 ninguno de sus hijos la volvió a llamar mama. Entonces se referían a ellas con frases impublicables.

También escuché que a doña Gina de Montiel, la esposa de mi paisano el general Gustavo Montiel, también la llamaban mama; concretamente mama Gina. Cuando el general Montiel, siendo Ministro de Hacienda, llegaba con su esposa a su casa de Chontales, las más cálidas y desbordantes expresiones de afecto y entusiasmo no se hacían esperar. Los besos y abrazos calurosos, y las sonrisas de felicidad de los que visitaban la casa del ministro chontaleño no eran solamente para él, sino también para la mentada mama Gina. Cuando don Gustavo fue destituido de su cargo, es decir, cuando cayó en desgracia con Somoza, ya nadie volvió a llamar mama a doña Gina. Sus ex hijos ya ni pasaban frente a su casa de Juigalpa, y cuando se referían a ella lo hacían con frases ofensivas.

No hay duda que el nicaragüense que trata de mama a una señora con la que no tiene ningún grado de parentesco, algo intenta conseguir; algo le interesa. Yo creo que estas mamas de mentira son enganchadas de tal manera que psicológicamente las predisponen a dar, hacer o gestionar algo por los hijos, sin darse cuenta que cuando ya no pueden dar, ni hacer ni gestionar nada por ellos, dejarán de ser mamas para convertirse en seres despreciables. Ya sabemos que la gratitud no está incluida en la lista de virtudes del nicaragüense.

Cabe destacar que en Nicaragua el tratamiento de mama no sólo se suele dispensar a la esposa o madre de alguno que otro funcionario político importante, sino también a muchas dueñas de comiderías. En este último caso, el interés en comer de choña —que también es un respetable interés— resulta evidente. Recuerdo que antes de 1979, una señora chontaleña llamada doña Ignacia instaló en Managua una comidería. A los pocos meses todo el mundo le decía mama Nacha. Sus hijos, que siempre comían regalado o fiado quebraron a doña Ignacia. Ya en la ruina, primero dejó de ser mama Nacha para convertirse en la Nacha, y como la pobre perdió una oreja en una accidente de tránsito, terminó siendo conocida, primero como la cabecepocillo (cabeza de pocillo) y después, como la zonta.

En los primeros meses del gobierno del doctor Alemán empecé a escuchar a algunas personas hablando de mamamelia: que ayer me llamó mamamelia; que fulano de tal es recomendado de mamamelia; que el puesto se lo debe a mamamelia; que voy a conseguir un puesto con mamamelia; que me voy a quejar ante mamamelia; que esto lo va a saber mamamelia… Yo creía que se trataba de una señora llama Melia. Posteriormente me enteré que se trataba de la doctora Amelia Alemán Lacayo, la que quizás nunca se enteró de que existía gente que se refería a ella como si fuera su mama.

Yo no viví en Nicaragua durante el régimen sandinista, razón por la cual desconozco si estuvo vigente esta costumbre mamística en las altas esferas políticas del frentismo. De doña Rosario Murillo no tengo informes de que alguien le dijera mama Chayo. De doña Lidia Saavedra tampoco tengo informes de que alguien le dijera mama Lidia.

Me cuentan que doña Hope de Somoza no se dejó decir mama, excepto de sus verdaderos hijos. Las pocas personas que en alguna ocasión le dijeron mama fueron paradas en seco. No quedaron convidadas a repetir tan maternal tratamiento. La mujeres con poder no deben permitir que les llamen mama, pues creo que no son pocos los que andan desesperados buscando alguna mama que les ayude o a ingresar en el Presupuesto de la República o a permanecer en él o a subir en la escalera del poder. Son muy aleccionadores los ejemplos de mama Yoya, mama Gina y mama Nacha.