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Esta meditación surgió cuando el homenaje a Chagüitillo. Pensé en Heráclito que afirma que lucha es vida. Las circunstancias muestran de modo contundente que es indispensable luchar por lo que uno cree, por lograr lo mejor de uno mismo. Por una sociedad libre y justa.

No es jarabe de pico, es lo que se precisa. En ello se juega la propia suerte y el sentido de cuanto hacemos. En todo caso, lo que se requiere es encontrar y compartir fuerzas y motivos y sentir la compañía para una labor colectiva.

No faltan estímulos para la claudicación ante la coyuntura. Desde luego justificando en alguna forma. Se debe vincular esa lucha a la voluntad de lograr determinados resultados o fines. No es indiferente tener proyectos y pelear por ellos, pero ese no es el último sentido ni el último alcance de luchar.

Es preciso luchar por sí mismo. Procurar dar lo mejor de sí. Luchar por algo junto a otros vincula y da sentido a la acción. Tarea de toda la vida, luchar hasta más no poder.

Todo requiere esfuerzo, pero no para lograrlo a cualquier precio, por encima de los otros. Si hablamos de competitividad, luchar no impide colaborar en tareas comunes. No debe ser una coartada para desconsiderar el esfuerzo conjunto, lo que exige reglas de juego y espacios y oportunidades comunes. De lo contrario, el aliento no pasa de ser una declaración de intenciones.

Por eso luchar es también procurar esas condiciones. Buscarlas y hacerlas valer. Hay que generar confianza para alcanzar objetivos sociales. Inspirarla no simplemente como un estado de ánimo. Hacerla valer y sustentarla con un combate permanente sostenido en la coherencia, en la intensidad, en la persistencia, incluso en contextos muy desfavorables.

Disculpar a los que ya no tienen fuerzas. Seguir la lucha. Otros van más allá de lo que podría pedírseles. No es cuestión de exigencia, sino de posibilidades. Hay quienes no sólo luchan contra las adversidades y buscan remediarlas, sino incluso contra las desdichas, que más demandan sobrellevarse que resolverse.

El sentido de la lucha no es generar enemigos. Bastantes tenemos ya. Procurar adversarios de altura, tanto en lo que persiguen como en lo que entregan. Hemos de cuidar de que empeñados en la lucha contra alguien no reproduzcamos en nosotros aquello que combatimos.

En todo caso, ni las dificultades ni los peligros ponen en cuestión el sentido y el alcance de esa lucha que no es para lograr resultados propuestos por otros, sino la calidad de hacer brotar lo mejor de uno mismo, de desarrollarse, de cultivarse, de no resignarse, de abrir espacios y tiempos, de estar a la altura de las propias limitaciones para desbordarlas. La sabiduría de que una lucha no se centra en reducirse a lo sabido.

Es despliegue permanente que hace de alguien ser admirable por su modo de vivir. Algo hemos aprendido de vidas de esfuerzo y de lucha permanente, generosa, sin aspavientos, para procurar una sociedad mejor.

No es incompatible el luchador que insiste con coherencia en sus tareas y en sus acciones, que quien irrumpe con una intervención puntual.

Las cosas no son fáciles. Es necesario en cada situación tratar de desplegar todas las potencialidades para procurar mejores entornos y condiciones y para hacernos capaces y dignos de nuestras propias acciones.

Pero es decisivo medir las fuerzas, disponer adecuadamente de ellas, elegir dentro de lo viable lo preciso. No resignarse a la suerte.

La permanente tarea es desarrollarse, crecer, aprender y responder en la adecuada comprensión de lo que significa ser responsable, conscientes que movimientos pequeños producen enormes transformaciones.

 

* Docente universitario.

bayardoaltamirano@hotmail.com