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¿Usted afila? –pregunté– queriendo improvisar una conversación, y me respondió con una sonrisa cómplice. El mercado está alborozado y el afilador aún no se levanta de su hermosa hamaca. Son las nueve de la mañana. El Sol ha comenzado a calentar los tramos y los talantes. Al llegar el primer cliente, por fin el afilador se levanta de su hamaca, y pude verlo de cuerpo entero: era un hombre obeso, de unos cincuenta años, de cara redonda y detrás de sus lentes se adivina la edad de su oficio.

Sus ojos son opacos, pero chispean al enfatizar. Me invita a pasar al tramo, y me sorprendo al tropezar con una vieja consola y unos discos de Jaramillo adentro. Es una caja descolorida que apenas agarraba una estación radial, y el polvo la estaba ahogando. Me sorprende su afecto hacia los metales. Lo compruebo cuando el cliente desempaca de un pliego de papel periódico unos machetes, y luego saca de su bolsillo una severa navaja que provoca una dura sonrisa en el afilador. Inmediatamente, el afilador enciende la piedra de esmeril y los metales comienzan a llorar como niños malcriados.

El hombre afila primero los machetes, que es la faena más difícil, y luego como una adorable prenda, acaricia la navaja con el pequeño esmeril. El metal llora ante nosotros como un niño a quien han herido severamente. Y así va pasando el tiempo, entre cuchillos, azadones, y tijeras de barbería.

Hacer llorar al metal hasta que recobre su fortaleza, es una hazaña. Poco o poco el hombre que he visto levantarse con energía de su hamaca, se ve agotado y sereno. En una tregua agarra una toalla del improvisado tendero, y se limpia la cara. Sus ojos chispean con la intensidad con que chispea la piedra a la hora del roce. Es posible que todavía el afilador alucine con el esplendor sórdido y opaco del último haz chispeante. De pronto le viene una imagen. Evoca al ciego afilador que se paseaba por la vieja Managua, auxiliado por un lazarillo que le guiaba el carretón. El ciego llevaba el filo en el oído y tanteaba el metal, como quien toca un cuerpo perfecto de mujer. Su oficio lo realizaba con una piedra de molejón que hacía girar con unos improvisados pedales. Tardaba unos quince minutos, luego se echaba un trago, y a tientas acariciaba y comprobaba la debilidad del metal. Después, pedaleaba con fe hasta que el metal recobraba su fortaleza. Un pintor desconocido lo inmortalizó en un lienzo. También son memorables los maestros Celeberti y Grijalva, hombres fieros al metal. Celeberti, con su “bicicleta para afilar” recorría la vieja Managua y su invención mecánica era motivo de interés en las plazas y barrios. “Va a afilar” decía, y su voz sonaba afilada con el filo del hambre y el azar.

Grijalva es sedentario, pero muy innovador. Tiene un cajón combado en su casa, donde mantiene agua a cierto nivel y arriba del cajón está la piedra de molejón que hace girar con unas maniguetas. Toda la familia Grijalva es experta en afilar metales. Pero los clientes siguen prefiriendo al maestro que se ocupará de hacer llorar al metal, con la precisión de una orquesta sinfónica.

Seguramente, se nos escaparán varios artesanos del metal, pero hemos hablado de los clásicos, es decir, de los que han hecho escuela y viven en la memoria nacional. Pero ahora hablemos del afilador que vemos a diario cargando un burrito de madera y una piedra de esmeril pequeña. Cuando estos afiladores pasan par las casas, los utensilios domésticos tiemblan de terror desde sus gavetas y aparadores. Los cuchillos de cocina sienten la presencia del afilador, su verdugo. Parece que el “va a afilar”, entristece los recovecos de las cocinas nicaragüenses. Las amas de casa sacan sus utensilios para sacarles filo y curarles la debilidad. Porque los metales son los niños que comenzarán a llorar hasta que recobren su vitalidad. Son los niños malcriados de los hogares nicaragüenses. Cuando están enfermos, desdentados, las amas de casa lo consienten hasta que se sanan.

En este oficio muchos quedan sordos y ciegos por la chispa, pero siempre con una ternura viril y desasosegada hacia los cuchillos, las tijeras, los azadones y las hachas, quienes son aliados fieles de los afiladores hasta que se mueren. Llegó un momento en que el afilador no puede retirarse del oficio. La gente lo persigue, lo busca, se encariña, lo prefiere, pues son celosas con sus metales. No perdonan que sus cuchillos y demás utensilios caigan en manos de inexpertos. “Aquí tiene”, exclama el afilador y el cliente observa con serenidad y rigurosidad su machete o su navaja. El metal está listo. Lo dice el color cremoso tierno del filo. Está preparado para lidiar con cualquier tipo de material por muy resistente que sea. El afilador se ha fajado en una recia batalla con sus hijos. Lo hace diariamente desde que el Sol le calienta la espalda y sueña con el ruido de la piedra, con el roce del metal regocijado que pronto saldrá renovado y listo para cortar carnes y hasta cuellos.

Una piedra de esmeril cuesta un ojo, el ojo que poco a poco va perdiendo el afilador. Pero no hay tregua. “Aquí se afilará siempre”, exclama el recio afilador, y sus ojos chispeantes adquieren una expresión taciturna y optimista.

Se vuelve hacia la hamaca. La contempla. Y le vuelvo a preguntar: ¿Usted afila, compañero?, pero esta vez no sonríe. Está triste porque los metales se han curado. Se llama Francisco Maltés y tiene cincuenta y tres años. Pero pudo haberse llamado también de otra manera. Ya no guarda la piedra de esmeril ni odia los metales. Y sabe que pronto, muy pronto, la industria sepultará este oficio, aunque siempre habrá amas de casa que esperarán a estos afiladores de metales como héroes anónimos de la vida doméstica.

felixnavarrete_23@yahoo.com.