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Parafraseando al filósofo Zygmunt Bauman, la época presente está marcada por una Modernidad Líquida. Esta se caracteriza por la mercancía como signo de la época, que marca no solo la dimensión económica del ser humano, sino la afectiva y social.

Elementos como tiempo/amor/vida son traspasados por este signo; es decir del consumo, de la ganancia y la posibilidad de pérdida.

La narrativa humana ya no está marcada por la búsqueda desinteresada del amor ideal/romántico, sino que está orientada a buscar beneficios concretos, intercambios satisfactorios y relaciones útiles.

Se busca el menor nivel de complicación y de conflictos. Es por eso que en la vivencia sexual en las nuevas generaciones se escuchan planteamientos que priorizan el disfrute del cuerpo por encima de la búsqueda del amor verdadero, que desde la lógica de la mercancía es poco rentable porque toma más tiempo, y su éxito no es seguro, mientras que el goce sexual es concreto y se consigue en cualquier momento.

Ante los ojos de aquellos/as que son fieles al pensamiento moderno de las grandes narrativas, valores e ideales, estas nuevas formas de acercarse a otro/as pueden ser entendidas como egoístas, frías y poco humanas. La modernidad líquida deja de intentar mantener respirando esa idea de humanidad sensible porque sí.

Las nuevas generaciones se alimentan de las decepciones y los aprendizajes de esos desencantos. Urge sentarse y reconocer que las revoluciones no cambian el mundo, que el socialismo no resultó diferente al capitalismo, que el amor a como se ha aprendido no es puro, ni desinteresado ni sano. También es importante reconocer que el sexo no implica amar y que es transacción social/económica/política.

Es indispensable admitir que los ideales no son la cura para la desigualdad, que las grandes verdades en realidad son grandes mentiras, que los discursos políticos son basura inorgánica. Y que la vida no es sagrada, que dios es político y que las luchas siguen siendo las mismas de hace siglos; que las mujeres, por más dinero que ganen o por más parejas sexuales que tengan no son más libres ni más autónomas, que por más discotecas gays que se inauguren no decrece la discriminación sino que aumenta.

Y que el cuerpo sigue siendo lugar de agresión de todo tipo, que los derechos humanos son un cuento desfasado para muchos grupos sociales y que la libertad de expresión hace rato que tiró la toalla ante tanta porquería fanática de los aparatos represivos que en conjunto con el estado orquestan las notas más sutiles de mordaza.

Por eso es líquida esta época, no por ser más fríos ni más indiferentes, sino porque al menos se ha aprendido a ser realista, a no engañarse, no engañar, ni mucho menos dejarse engañar. Por eso al final de las campañas políticas en varias casas se tienen las camisas y gorras de todos los contendientes, por eso la abstención es cada vez mayor; por eso se construyen otras formas de sobrevivir y de existir lo más desligado del estado que se pueda; por eso la idea de nación apesta, porque al nacer murieron miles, y su sangre aún está pringada en las paredes de este territorio.

A las nuevas generaciones las ubican dentro del pensamiento postmoderno, algunos se refieren a los jóvenes como unos descreídos, unos desencantados. Y no identifico lo conflictivo de serlo, sobre todo cuando este descreer es hacia narrativas excluyentes, fascistas, inhumanas, represivas y discriminatorias.

El cuerpo pasa a ser el nuevo lugar en el que se gesta una revolución, esa revolución cotidiana que no pretende llegar al poder, pero sí pringar a los que están cerca de libertad, de autonomía, de nuevas luces. El placer es uno de los medios de libertad que están por explorarse; no interesa construir un partido, pues esta forma de representación ha demostrado ser una tarta de nata, a como diría André Glucksmann.

Nos deshacemos de los dioses, de los estados y de los padres, buscamos nuevos horizontes, y lo más importante: no olvidamos; no lo hacemos porque no queremos vivir engañados, no queremos seguir dándoles la espalda a los muertos, a las muertas, a las almas desterradas por el pensamiento único. Y aunque no somos 100% pacifistas, sabemos que matar a miles no cambia el mundo. Nicaragua es testigo.

 

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