León Núñez
  •   Managua, Nicaragua  |
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Está caído, es la frase que se suele escuchar en nuestra Administración Pública cuando un funcionario deja de mandar después de haber estado supuestamente mandando. El caído se identifica fácilmente porque desde el momento que cae se le priva del placer celestial de continuar viendo a su jefe, se le priva de la satisfacción intelectual de seguir escuchando las genialidades del jefe.

Antes, cuando el funcionario mandaba, es decir, cuando se secreteaba con el jefe, se decía que vivía atareadísimo, extraordinariamente ocupado en tareas trascendentales para el país. Daba la impresión de que sus movimientos eran dirigidos directamente desde los centros nerviosos del poder. Siempre estaba acompañado. Pero una vez que ha caído, empieza a sufrir una profunda soledad.

Nadie quiere pasar ni de largo por su oficina. Pareciera que tuviera lepra. Los demás funcionarios que tienen la mala suerte de toparse con él le rehúyen hasta una mirada. Lo normal es ver al funcionario caído todo pensativo, a veces deambulando como alma en pena por los pasillos, caminando para no entumecerse, quizás recordando que los peores con él son aquéllos a quienes les hizo favores. Yo he visto muchos casos de funcionarios que cayeron en desgracia. Algunos caídos fueron al poco tiempo corridos. Otros renunciaron, no faltando aquéllos que decidieron seguir representando, hasta no se sabe cuándo, el papel del ángel caído.

Yo estuve trece días caído. Como consecuencia de haber publicado el artículo “El pescuezo más flexible del liberalismo” estuve en caída libre desde el 24 de febrero hasta el 8 de marzo del año 2000. Durante esos trece días estuve observando mi entorno, mis circunstancias; estuve recordando, estuve comparando lo que ahora me sucedía a mí con lo que les había pasado antes a muchos caídos.

Desde el día siguiente de mi caída, los guardias de seguridad de la entrada del Banco Central empezaron con manifiesta tardanza y ostensible desgana a abrirme los portones, y el amable buenos días de antes se transformó en silencio, acompañado de una especie de mirada recriminatoria. El cuidador de los vehículos se alejó de mí. Solamente lo veía de espalda, allá lejos, al fondo del parqueo. La recepcionista, en cuanto yo entraba, bajaba la vista y comenzaba muy afanosa a escribir en un cuaderno. La señora de la limpieza no me entendía y la encargada de servir el café no me oía, se había vuelto sorda.

Dentro del Banco la sensación, aunque sin descortesía, era de hielo; sobre todo de distancia. Yo sé que, salvo alguna que otra excepción, nadie tenía nada en contra mía. Pero era peligroso acercárseme mucho. Y había sobrada razón. El miedo de perder el puesto no es un miedo infundado. En este país el miedo o el temor continúa siendo un elemento importante de la estructura psicológica del poder.

Quizás por esta razón el poder sigue siendo implacable en Nicaragua, principalmente contra los empleados públicos, porque el poder sabe que el principio básico de la burocracia del miedo responde a un instinto laboral de conservación. Todos los funcionarios públicos viven temiendo una caída. Este principio me permitió entender inmediatamente que todo acercamiento podría ser interpretado como un gesto de solidaridad para conmigo, solidaridad que podría traer consigo o un nuevo caído o un nuevo corrido.