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El pasado trece de octubre, Su Santidad Benedicto XVI, al cierre del Sínodo de los obispos, con la asistencia representativa de cristianos ortodoxos, anglicanos y de otras definiciones, celebró la Sagrada Eucaristía, acompañado de gran número de obispos representantes del clero Católico, para conmemorar el 50 aniversario del Concilio Ecuménico Vaticano II, el 20 también del Catecismo Católico y a la vez, declarar el inicio del Año de la Fe.

En la meritoria conmemoración de tan irrelevantes fines, en la solemnísima Celebración el obispo anglicano enfatizó específicamente que en la vivencia de la fe debía reflejarse el rostro de Cristo; siendo notorio en otras interesantes intervenciones el reavivamiento del sentido ecuménico de la fe cristiana, que si trascendiese a los humanos, definida en el amor, al absorberse ese oxígeno de vida plena en el orbe entero, no habría cupo para el mal.

En el primer mandamiento del Decálogo dado por Dios al profeta Moisés en el monte Sinaí: Amar a Dios sobre todas las cosas y a tu prójimo como a ti mismo, está sintetizada toda la doctrina de Cristo Jesús, el Dios-hombre que por obra y gracia del Sacrosanto Espíritu, encarnándose en el vientre inmaculado de la Virgen María, se humanizó ofreciéndose como holocausto para, redimiéndonos, enseñarnos el camino de la salvación.

La noche anterior al cruento martirio de la cruz, en la última cena con sus apóstoles, instituyó la Sagrada Eucaristía, consagrándolos a su servicio para estar siempre presente con quienes, al acatar su doctrina de amor, se deciden a seguirle; nombrando su vicario al apóstol Pedro, dejando así instituida Su Iglesia, la que ha subsistido más de veinte siglos; y aún sin faltar los errores humanos sigue campante; y como ÉL dijo: el mal no prevalecerá contra ella.

Es cierto que a través de los siglos ha habido desviaciones, desmembraciones y crasos errores, pero esas fallas de la flaqueza humana no son atribuibles a la doctrina de Cristo, en la que el Magisterio de la Iglesia trata de avivar la divina misericordia en la vivencia de la fe cristiana.

La fe es un don que solo Dios sabe dar a quien con humildad se la pide; es imposible, por medio de razonamiento analítico, que se pueda alcanzar y, puede decirse, que sin ella la vida no vale nada; pero, si con humildad, sacrificando el ego se pide, la misericordia divina la alcanza. Sólo estando cerca del Señor se alcanza la vida plena.

Pero aun en la plenitud de la vida no todo es color de rosas. En el momento menos pensado surgen inesperados y graves o catastróficos acontecimientos, como el trágico Sandy que ha asolado Norteamérica. En tan deplorables circunstancias, solamente manteniendo viva la auténtica fe, nunca faltará la paz interior y la ayuda del Señor.

 

* Miembro de Ciudad de Dios y Redemptor Hominis.