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Napoleón, haciendo mención de la obra del matemático y astrónomo francés, marqués de Laplace (1749-1827), “Exposition du système du monde”, comentó a este: “me cuentan que ha escrito usted este gran libro sobre el sistema del universo sin haber mencionado ni una sola vez a su Creador”; a lo que Laplace contestó: “Sire, nunca he necesitado esa hipótesis”.

Con esta respuesta hacía referencia a que un siglo antes, Newton había tenido que aludir a la voluntad divina para justificar que su Ley de Gravitación Universal no fuese capaz de explicar los irregulares movimientos de Júpiter y Saturno.

Napoleón le comentó la respuesta al matemático Lagrange, quien exclamó: “¡Ah! Dios es una bella hipótesis que explica muchas cosas”. Napoleón a su vez le contó esto a Laplace, a lo que este muy astutamente respondió: “Aunque esa hipótesis pueda explicar todo, no permite predecir nada”.

La hipótesis de Dios no es necesaria para la ciencia. Para sus menesteres da lo mismo que Dios exista o no. Él no forma parte de los datos de ningún experimento científico, no es variable en ninguna ecuación, no se considera su posible intervención en el estudio científico de ningún fenómeno…

Por esa hipótesis Newton se aferró a su Ley de Gravitación Universal pese a las evidencias en contrario. Siglos después Einstein demostraría que la “ley” de Newton era incorrecta.

Newton desperdició gran parte de su vida y de su genio en la búsqueda de mensajes ocultos en la Biblia, tales como la fecha del fin del mundo, la que estimó ocurrirá en 2060. ¡Cuánto desperdicio ocasionado por la hipótesis de Dios y por la creencia del genio en libros mitológicos!

A diferencia de la ciencia, que desestima el asunto de la posible existencia de Dios, porque no la afecta en nada esa cuestión, los científicos pueden tener, o no tener fe religiosa.

Antaño, cuando prevalecía una visión del mundo y del Universo como de mecanismo ordenado y preciso de relojería en el que todo marchaba de acuerdo a un plan perfecto ajustado a verdades absolutas, la mayoría de los científicos tenía fe religiosa.

Dichos científicos, además de haber sido adoctrinados tempranamente en su fe, vivían en un entorno supersticioso y de represión por parte del poder religioso, en el que no solo era difícil expresar públicamente ideas contrarias a la fe religiosa, sino peligroso.

La cosmovisión de la mayoría de los científicos cambió en el siglo XX con el advenimiento de las cuatro joyas científicas intelectuales de dicho siglo: las teorías de la evolución, de la relatividad, del big bang y de la cuántica incierta.

Ahora el mundo y el Universo son percibidos, no arbitrariamente sino con base en evidencias sólidas, como el reino de la incertidumbre y la relatividad. No hay absolutos.

Por otra parte, aunque el adoctrinamiento religioso infantil sigue igual en el siglo XXI, el acceso a la información ha mejorado considerablemente. Además, normalmente ya no es peligroso, al menos en el mundo cristiano, expresar públicamente ideas contrarias a la fe.

Ya no está vigente el Index Librorum Prohibitorum (lista de títulos prohibidos por la Iglesia católica que rigió durante siglos). Ya desapareció la Santa Inquisición, victimaria de decenas de miles de inocentes durante cuatro siglos. Hoy día los escritores no requieren del Imprimátur (permiso de la Iglesia católica para realizar una publicación, requerido durante mucho tiempo en el mundo católico). Ya no se quema libros ni brujas en el mundo cristiano.

Lo anterior ha influido en la situación presente, en la que pese al fuerte adoctrinamiento al que suelen ser sometidos desde la cuna, los científicos en su mayoría no tienen fe religiosa. Cuanto mayor es la cultura científica de las personas, menor es la probabilidad de que tengan fe religiosa. Esto es lo que muestran los estudios independientes de James Leuba, Edward Larson, Larry Witham y Pérez-Agote.

Como ejemplo de mi afirmación presento los siguientes datos redondeados para el caso de los EU: de la población general 90% tiene fe religiosa; entre quienes tienen un grado académico en ciencias, solo 40% la tiene.

Entre los más brillantes y preparados, los miembros de la Academia Estadounidense de Ciencias, solo el 7% cree en un Dios personal.

pedrocuadra56@yahoo.com.mx