Ernesto Aburto
  • Managua, Nicaragua |
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Quiero expresar mi admirado reconocimiento a la campaña sostenida de El Nuevo Diario en los meses recientes sobre el tema de la basura que nos agobia, tanto a nivel local como nacional. Ha sido un buen esfuerzo para tratar de corregir lo que tiene solución, aunque para ello haga falta mucha educación, voluntad creativa y orgullo local.

Un viejo amigo mío, para mayores señas poeta, relató cerca de mí que, viniendo en un bus con procedencia de San José de Costa Rica, observaba con satisfacción que los pasajeros nicaragüenses caminaban por el pasillo del vehículo para botar sus desperdicios en una caja ubicada cerca del chofer. “Algo aprenden afuera y eso es bueno”, pensó.

Pero mayúscula habría de ser su furia cuando, después de haber pasado la frontera de Peñas Blancas, mientras el bus rodaba entre la frescura del lago y el verdor de los potreros rivenses, los mismos pasajeros tiraban por las ventanas del vehículo las botellas plásticas vacías de refresco, las páginas de periódicos leídos, y hasta las hojas de chagüite del ya devorado vigorón que acababan de comprar en la zona fronteriza.

Y el poeta se preguntaba: ¿Por qué afuera son aseados, pero tienen que reingresar a este bello país para volver a ser cochinos?

Yo no me metí en la plática del poeta, pero pensé: “Debe ser porque allá educan tanto a la gente en los buenos hábitos de aseo, que la limpieza pública trasluce por todos lados, mientras que los ensuciadores, al quedar fácilmente en evidencia, reciben torrenciales miradas de rechazo general, aparte de que son reprimidos”.

“Mientras tanto en Nicaragua –seguí pensando- el esparcimiento de basura, cuando no es una falla de nuestra pobreza municipal que no puede recoger todos los desperdicios que bota la gente en sus comunidades, es una falla de nuestra educación pública y de nuestra formación de hábitos sociales, incluso desde el propio seno de la familia”.

En una procesión, en una feria popular o simplemente caminando por la playa, es común oír el regaño de la madre o del padre a los pequeños hijos que llevan de la mano: “Ya te comiste el helado, botá ese papel que más bien te vas chorreando”, ordena la señora, y acto seguido, el papel termina en el suelo, como lo más natural del mundo, revuelto con olotes, palillos chupados de eskimo, bolsas plásticas, pajillas y toda clase de basura.

Los padres que conducen a sus hijos hasta un recipiente público de basura, desgraciadamente, son todavía una minoría entre la mayoría del pueblo nicaragüense a todo lo largo y ancho de la geografía nacional, con las honrosas excepciones de San Marcos, Nagarote, Acoyapa, y la antigua ciudad de Jinotepe antes de que se la tragara el monstruoso mercado que sigue avanzando por las calles donde antes reinó la limpieza, la vida cultural, la frescura y el romanticismo.

La importancia del aseo individual, social y ambiental, es un valor en crisis como la honradez, el respeto a los mayores, la gratitud y la lealtad, entre otros, y de ahí que ahora más que nunca surge con urgencia la necesidad de cultivar valores en las escuelas y en los hogares, y especialmente, de reanimar aquellos que ya están en vías de extinción, no solamente porque son bellos y justos, sino porque también son útiles para vivir con armonía y paz en un planeta cada vez más agredido por sus propios moradores.

¡Qué alentador resulta saber que Nagarote se gana por su limpieza pública el galardón anual de “Municipio Azul”, y que Acoyapa es la ciudad más limpia de Chontales, como consecuencia de que sigue enfrentando con exitosa creatividad el desafío de la basura, a pesar de las limitaciones económicas!

Estas municipalidades son ejemplos vivos de lo mucho que se puede hacer con pocos recursos, pero con grandes caudales de educación, de buenos hábitos y de orgullo local.

Dado que nuestros mercados internacionales siempre están en crisis de precios, y de que nuestros costos productivos se disparan por insumos tecnológicos más caros, petróleo y otros factores, pues abracemos el turismo como una panacea que ha “sacado del hoyo” a no pocos países en la tierra, porque belleza escénica y recursos naturales distractivos es lo que tenemos en abundancia.

Pero a la par, hay que meter el tema de la limpieza comunitaria en las acciones escolares, en las preguntas para las candidatas a reinas de belleza, en los concursos de barrios y comarcas (las bolas más grandes fueron ejemplares), y en el apoyo oficial y social para cualquier proyecto empresarial de reciclaje.

Porque de lo contrario: ¿A quién le gustaría visitar un jardín en medio de un basurero?

* El autor fue cofundador, periodista y editor de El Nuevo Diario.