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Con la última farsa electoral, el orteguismo está matando su “gallina de los huevos de oro”, y no porque dejó de quererla, sino porque hay que declararse abiertamente oportunista para seguir haciendo el ridículo de ir a otras elecciones donde esperaría el verdugo con su hacha bien afilada. Es difícil que siga funcionando el argumento de que concurrir a un proceso electoral en condiciones deplorables de ilegalidad, porque se trata de un derecho conquistado, y no de una regalía.

Racionalmente, ya no cabe insistir en ese sacrificio inútil por la razón y el derecho que nos asiste a votar. ¿En dónde queda la razón y el derecho de luchar por cambiar esta ilegalidad e imponer el respeto al derecho de votar libremente, sin abusos ni condicionado por nada que no sean las normas legales? Es posible que esas condiciones electorales no se puedan lograr ahora ni mañana; sin embargo, por el hecho de negarse a participar en elecciones con autoridades ilegales y deshonestas, el derecho de elegir no pierde ni un ápice. Primero, porque con no votar no se renuncia a ese derecho; y segundo, porque prestándose a ser víctima consciente de una farsa electoral, no se garantiza en lo mínimo ningún derecho ciudadano.

Con no votar nada se pierde, solo se pospone el ejercicio de hacerlo hasta tanto no se conquiste el derecho de ejercerlo con libertad y respeto. Lo contrario es exactamente lo que pasó con las últimas elecciones, lo cual ya es suficiente para darse cuenta de que un solo ser humano herido o muerto por reclamar que su voto no le sea robado, es inconmensurablemente caro. Son razones válidas para convencerse de que, efectivamente, las ilegalidades y los abusos electorales, tres veces repetidos por el clan Ortega-Murillo, lo está llevando a darle “cristiana, socialista y solidaria” sepultura al fraude como recurso electoral válido.

Ese entierro sería posible, y tal vez sin falta, siempre que los sectores de oposición –sin particularizar— pudieran ver en este último fracaso electoral, una oportunidad que el mismo clan ofrece sin querer para, en vez de alistarse a ser burlados por cuarta vez consecutiva, se prepararían a luchar unidos para rescatar las normas electorales constitucionales. No hacerlo, no sería por ingenuidad ni por buena educación cívica –si es que alguien cree que eso existe en política—, sino por oportunismo descarado.

La solución existe. Es de sobra conocida: la lucha organizada, unida y sin mezquinos sectarismos para obligar al clan a enterrar su sistema electoral. Si no fuera posible, entonces ¿para qué ir a otra farsa electoral bajo el sello autoritario e ilegal del orteguismo?

Y aunque no es momento para hablar de candidatos ni de otras cosas menores, es necesario no olvidar el perjuicio que han causado las improvisaciones, los arribismos y los oportunismos de individuos sin trayectorias, sin convicciones ni vocaciones de lucha. De tipos así, han quedado lecciones negativas: apenas habían transcurridos 24 horas de las enormes irregularidades electorales; se estaban enterrando las víctimas mortales de la represión; ni siquiera sus partidos habían terminado de digerir los sucesos del 4 de noviembre, y los flamantes candidatos del PLC y del PLI en Managua, ya estaban aceptando los resultados fraudulentos.

Hicieron algo aún más deleznable: dieron por terminada su “acción política”, porque habían “valorado” que, “a pesar de las irregularidades… ¡”los datos, lamentablemente, no están alejados de la realidad”! Toda esa infamia, después que decían “luchar” contra la ilegalidad y la corrupción del árbitro electoral. Ese es el resultado de sacar candidatos de ocasión, por no decir oportunistas.

Como si todas las triquiñuelas parecieran poca cosa –el “ratón loco”, los candidatos y votantes muertos, padrones diseñados para robar votos, candidatos que nunca fueron consultados si querían serlo y otros abusos ya “históricos”—, ahora hay que sumar la desvergüenza de ese tipo de candidatos, que iban a “liberar” a Managua de los tentáculos orteguistas. Las lecciones de por qué no se debe participar más en este tipo de elecciones, y de cómo no deben escogerse candidatos, los da la realidad. Objetivo es también el hecho de que el orteguismo está matando su “gallinita de los huevos de oro”. El R.I.P. merecido lo tiene.

* Escritor y periodista