León Núñez
  •   Managua, Nicaragua  |
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En qué consiste el éxito? Pareciera que la tesis más en boga es aquella que sostiene que el éxito en Nicaragua consiste en tener riqueza, poder: que quien tiene riqueza tiene poder: y que quien tiene poder, tiene riqueza; que la riqueza es una forma de poder; que la riqueza hasta podría considerarse un estado de gracia; de benevolencia divina; que en el éxito se encuentra la lógica del poder y la lógica del dinero.

Para los defensores de este criterio, la pobreza es un defecto. Dicen que es el más grave de los defectos; que es una señal de descrédito; que quien tiene riqueza es admirado, y quien no la tiene es despreciado; que el perro siempre muerde a los pordioseros, a los que no tienen éxito. Hoy todo el mundo se arrodilla ante el éxito. Todos quieren conquistar el éxito, y conquistarlo rápidamente. La gente es servicial, amable, deferente... con el que tiene éxito. Todos ponen en evidencia sus virtudes. Si usted, señor lector, observa atentamente a un grupo de personas escuchando a un hombre de éxito, sólo notará labios sonrientes, rostros fascinados, gestos de aprobación y de orgullo.

Para la moral del éxito —del éxito así concebido— el problema más importante es el poder y su mayor preocupación está en el mundo del dinero. La moral del éxito ha llegado a ser la base de la moral política. Por esta razón, la carrera política se ha convertido en un medio, no para servir a los demás, sino para perseguir riqueza, poder. Para perseguir el éxito. Es más, con la moral del éxito se puede asesinar sin padecer del complejo de Macbeth. Con la moral del éxito se puede torturar y ser feliz. Con la moral del éxito uno puede hacerse millonario en el servicio a la patria. Y todo esto con la conciencia tranquila.

Para los que mantienen esta moral ¿cuáles son las normas morales que dicen que están vigentes en nuestra sociedad, y que se deben cumplir, si es que se quiere conquistar el éxito? Ellos sostienen que dichas normas no forman parte de toda una teoría de deberes morales; que forman parte de nuestra praxis; que forman parte de nuestra realpolitik.

Por consiguiente, señor lector, si esta tesis fuera cierta y usted quiere iniciar desde hoy su carrera hacia el éxito, lo primero que debe hacer es apartar sus escrúpulos, si los tiene, y estudiar de qué lado ponerse.

Esto no significa que usted deba mantenerse firme en un solo lado. La capacidad de cambio, de rectificación, de movilización, demuestra una gran fuerza de carácter.

No estar dotado para la duplicidad, el doblez, la simulación, es una grave debilidad. Cambiar de opinión es un derecho, y recuerde que mediante ágiles juegos de piernas se pueden conjugar posiciones que van desde un somocismo de izquierda hasta un sandinismo de derecha, y que en esa conjugación de posiciones políticas hasta podría encontrarse interesante un stalinismo de centro, sin perder de vista la conveniencia de que a veces se debe desertar de una causa para saber, como decía Baudelaire, que se siente sirviendo en otra. Eso sí, siempre que la deserción produzca jugosos y patrióticos dividendos.

Lo antes expuesto explica el porqué los patrocinadores de esta doctrina aconsejan al político la adquisición de varias máscaras, y entre más, mejor, porque según ellos el político debe representar numerosos papeles, uno tras otro, o al mismo tiempo. Le aconsejan también olvidar el pasado; echárselo a la espalda, por ser la única manera de poder convertir su vida en una sucesión de amnesias, su personalidad en un repertorio de papeles teatrales, y su memoria, en una constante reelaboración del recuerdo a la luz de lo que hoy le es útil.

Por este motivo, los defensores de esta posición recomiendan al político que cuente en cada momento lo que le convenga y que se divida en tantas personalidades como mentiras sea capaz de decir, pues el éxito está asegurado únicamente para aquellos que son capaces de representar todos los papeles de la comedia humana.

También recomiendan al político hacer ejercicios físicos y mentales, pues en alguna ocasión tendrá que encorvar la espalda, hacer atrás un pie, inclinar la frente, reír y todo esto con el servilismo mental apropiado, tan necesario para demostrar la lealtad política, pero sin olvidar la importancia de cultivar el arte de saber faltar a la palabra. Por último se aconseja al político mantener bajo control las fluctuaciones anímicas.

Los profesionales de la observación dicen que todas estas normas —consejos— forman parte de la moral del éxito que rige nuestra sociedad. Yo todavía no tengo formada una opinión al respecto —reconozco que soy mal observador— pero en cuanto la tenga se la comunicaré a mis lectores. De momento, me cuesta creer que así sea de triste nuestra realidad.