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Se  suele hablar de las enfermedades con el enfoque tratamiento farmacológico-curación. Esta es  la visión del mundo occidental, basada en el desarrollo de una lógica como argumento principal, para llegar a soluciones prácticas. Otras culturas tradicionales, sin embargo, consideran al ser humano como un todo, en una visión holística, donde no se puede separar el cuerpo del espíritu, las emociones y los sentimientos. De modo que el tratamiento de la persona se realiza de forma integral.

En la actualidad han aparecido tendencias que vuelven a considerar la enfermedad como una sintomatología que ha tocado los órganos más vulnerables de la persona, que en el cuerpo se produce un estado de desequilibrio o pérdida de la armonía. Por supuesto no me refiero a  enfermedades genéticas o a aquellas provocadas por virus, que afectan al individuo más allá de su estado anímico. Hay que separar lo que es de la ciencia y está en sus manos, y lo que pertenece al mundo de las emociones: que con el tiempo se van somatizando en partes específicas del cuerpo y produciendo enfermedades. En todo caso, ambas manifestaciones pueden producir enfermedades que hoy llamamos cancerígenas y que provocan en la persona y sus familiares un replanteamiento sobre el significado de la vida y la muerte.

Por eso se ha desarrollado en los últimos años la psicología oncológica, para apoyar a un paciente oncológico o terminal y a su familia.

Ayudar a encontrar un sentido a la propia vida y poder enfrentar con dignidad esta fase crucial de la existencia.

Hablar de un cáncer no es fácil. Asusta, da miedo, se tiene temor de ofender o de no ser comprendido y de sentirse en un mundo aparte, donde los “otros”, las personas “normales”, no lo entienden. Sobre todo ello  hay que reflexionar.

Lo que diferencia a un enfermo “terminal” de uno “normal”, es simplemente el conocimiento: uno lo sabe, el otro no. Uno tiene conciencia de tener a disposición un tiempo determinado, el otro no. Esta diferencia de saber o no saber es muy frágil. En teoría, todos somos pacientes “terminales” ya que antes o después, nuestras vidas terminan.

El poder compartir esta situación con los familiares y personas amadas, es  muy sano desde el punto de vista psicológico: ayuda a no sentirse solo, ayuda también a las personas queridas porque se sienten importantes con su participación.

¿Cómo hacerlo? El tiempo, en este caso, apremia. El saber que nuestra vida tiene un tiempo determinado crea mecanismos psicológicos diferentes: el sentido del tiempo y espacio son sumamente importantes pues se quiere recuperar el tiempo perdido, concluir asuntos pendientes, ver personas que tal vez no habrá otra oportunidad de ver, hablar de cosas que no se pudieron decir antes. Lo mismo sucede con los familiares: se quiere aprovechar este tiempo al máximo.

Se puede aprender mucho de esta profunda experiencia, concluirla bien: cerrando capítulos importantes, encontrando de nuevo la levedad y serenidad de la existencia para enfrentar un nuevo camino. Todo ello hay que hablarlo y compartirlo con los seres queridos y, si es necesario, buscar apoyo profesional para saber enfrentar este argumento existencial tan importante que aborda el sentido de la vida y de la muerte.

* Psicóloga clínica, especializada en psicología oncológica