León Núñez
  •   Managua, Nicaragua  |
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El fenómeno no es nuevo. No es propio del actual gobierno de doña Violeta. Es una constante histórica. Siempre han existido en  Nicaragua funcionarios públicos que han viajado de la pobreza a la riqueza a la velocidad de la luz. De pronto aparecen aterrizando en casas de lujo con vehículos carísimos. Disfrutando en Estados Unidos y Europa de dos y hasta tres vacaciones al año.  Pasando los fines de semana en su nueva casa del mar.  En fin, llevando un tren de vida que más que tren parece el Challenger, en donde con frecuencia celebran fiestas con la asistencia del todo Managua.

La familia de este personaje inolvidable está orgullosa y gasta dinero a manos llenas. Está  consciente de que este funcionario público es un hombre de singular inteligencia; vivo, sagaz. Y él a la vez está seguro para sus adentros, de que al tonto ni Dios lo quiere y  que hacer dinero no es tarea de cualquier mequetrefe; que en el mundo no han existido, ni existen, ni existirán universidades en que se enseñe a hacer dinero; que hacer dinero es una empresa que sólo puede ser acometida por personas con mentes privilegiadas. Hasta empieza a dudar de que los pobres vayan  al cielo.

Cuál es la explicación de que    nuestro pasajero de la máquina del tiempo haya superado la pobreza? ¿Cuál es el origen de tan repentina riqueza?  Hemos  averiguado que ningún veloz funcionario púbico nicaragüense,  ni de antes ni de ahora, se ha sacado la lotería española de Navidad ni ha acertado en alguna excepcional quiniela inglesa; ninguno de ellos ha sido heredero de Howard Hughes  ni legatario de Sócrates Aristóteles Onasis.

Tampoco nos hemos dado cuenta de que en alguna ocasión haya quebrado la ruleta de Montecarlo ni que en una partida de póker le haya ganado una  fortuna a algún Jeque árabe. Y si no le dio mazo a alguna vieja multimillonaria norteamericana, ni dio el braguetazo, ni participó en el famoso asalto al tren de Inglaterra, y si solamente se le conoce como único ingreso el sueldo que proviene del Presupuesto General de la República, tendremos que pensar ante tanta abundancia de que algo huele mal en Dinamarca.

Por sus dimensiones el problema es angustioso. La corrupción puede llegar a carcomer completamente los cimientos de la República.  A la larga, hasta puede llegar el momento de su desaparición. No permitamos que  en un futuro no muy lejano,  en las nuevas ediciones de la Historia Universal, pueda leerse «Nicaragua: un país que desapareció porque durante muchos años sus más importantes funcionarios públicos creyeron  que el dinero era el supremo valor moral».