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En las elecciones municipales recién pasadas hubo una abstención del 54 % (incluyendo en dicho porcentaje, 71,000 votos nulos). El porcentaje de votos obtenidos por el partido oficialista en estos comicios, representa el 32 % del padrón electoral. Lo cual –dada la abstención-, significa que obtuvo el 70 % de los votos válidos depositados en las urnas.

Es un éxito pírrico del oficialismo. Es una victoria que, por las buenas y por las malas, le permite conquistar casi el 88 % de las alcaldías en disputa. En 2008, ganó el 62 % de las alcaldías. Pero, esta victoria relativa –y siempre estúpidamente sucia- ocurre dentro de un fenómeno cuya tendencia acusa un incremento del nivel de conciencia de la población, en contra del modelo político corrupto e impune que el oficialismo ha impuesto a la sociedad.

Se consolida el carácter absolutista del gobierno, pero, a la vez, se deslegitima aceleradamente la gobernabilidad, en la conciencia ciudadana. Es evidente que este fenómeno, de repudio al sistema político, afecte en primer lugar y con mayor ímpetu a la oposición. Sus seguidores disminuyeron, de 915,000 a 519,000 (es decir, del 51 % de los votos válidos en 2008, al 30 % de dichos votos válidos en 2012). O sea, que no representan, ahora, más que el 14 % del padrón electoral actual; mientras en 2008 eran el 24 % del padrón de entonces.

En concreto. El 32 % del padrón electoral que votó por el oficialismo comparte esa visión absolutista, que desprecia la participación ciudadana y, con ello, menosprecia los derechos jurídicos y humanos de la población. De modo, que es parte del fenómeno que conscientemente deslegitima al partido gobernante, aunque ello, contradictoriamente, sea hecho desde la óptica pro-dictatorial de la política retrógrada del absolutismo.

El 32 %, partidario del partido en el poder, ve la estructura de la sociedad con una mentalidad pro-fascista. El 54 %, abstencionista, ve con repugnancia el conjunto de la política tradicional, desde una óptica que encierra un nacionalismo progresivo. Sólo el 14 % permanece, a la fecha, reo de la política tradicional, que delega ciegamente el poder en funcionarios, vividores del presupuesto nacional (cada vez más impotentes frente a la realidad política cargada de imposición discrecional y de impunidad creciente, de un poder familiar concentrado y… aislado, en el vértice burocrático).

La conciencia nacional es un proceso complejo, en el cual, el inconsciente colectivo, a partir de arquetipos totalizantes de convivencia igualitaria, se abre camino hacia la racionalidad, con un deseo de cambio latente de la realidad social, que madura contradictoriamente en compulsiones psicológicas que se manifiestan en un repudio abierto hacia el poder, y en la burla hacia las pretensiones ridículas de un poder extraordinariamente vacío de ideología alguna.

La conciencia política se encuentra en una fase explosiva, cuya capacidad de expansión brusca se manifiesta en la sorna más rampante hacia la falta de capacidad intelectual e ideológica de la burocracia en el poder.

La represión administrativa y la amenaza callejera de la capa en el poder, subestima las discontinuidades bruscas que ocurren en la conciencia de un pueblo, cuando éste ridiculiza la carencia de méritos de esa capa corrupta, que cumple –a sus ojos- una función social descaradamente parasitaria y, consecuentemente, antinacional.

En este momento, el inconsciente colectivo, usa el arquetipo del Güegüense para disociarse psicológicamente de la estructura del poder. Usa el engaño y la burla para sortear la amenaza del poder. De manera, que la ficción ideológica de que éste es capaz, se convierte dialécticamente en un autoengaño de la dirigencia. Se transforma en una deformación demagógica de la realidad, que termina por confundir al propio gobierno que la genera, el cual desconoce cuál sea la realidad social, y cuál sea la percepción verdadera que los sectores sociales tengan de la misma.

En un país como el nuestro, en que el güegüensismo es un recurso de la conciencia profunda del dominado, para practicar una sofisticada rebelión psicológica, basada en la ficción ideológica plebeya, la capa dirigente termina dirigiendo su discurso ante un espejo que le devuelve su propia demagogia (con lo cual, se retroalimenta en el pueblo la burla y el ridículo).

Por ejemplo, más se empeña el dirigente único del poder, en dar una idea de fuerza excepcional al mantener un Consejo Electoral absolutamente desprestigiado, y más incapaz y torpe es percibido por el Güegüense, que le hace creer que tal propaganda sirva efectivamente para confirmar –psicológicamente- su poder de mando.

En este juego de espejos, no cabe duda –para el Güegüense- que, en su confronto, el poder se encuentra atrapado demagógicamente en una debilidad política creciente.

* Ingeniero eléctrico