Jorge Eduardo Arellano
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Nuestro prócer de la Independencia, Licenciado don Miguel Larreynaga, dejó varias obras escritas, algunas de las cuales fueron publicadas. Se trata, en su mayoría, de textos sobre temas jurídicos, como su famoso “Método para extractar las causas” (1807) y su monumental Prontuario de todas las Reales Cédulas, Cartas Acordadas y Órdenes comunicadas a la Audiencia del Reino de Guatemala (1807), considerada por sus contemporáneos de extrema utilidad para el conocimiento del régimen jurídico colonial, pero que jamás fue editada.

Su obra preferida, entre su abundante bibliografía, no era de carácter jurídico, sino científico: su célebre “Memoria sobre el fuego de los volcanes”, que Larreynaga concibió desde sus años juveniles, cuando recorría el trayecto entre Telica y León, y contemplaba los volcanes activos Telica y Momotombo.

Larreynaga estaba muy orgulloso de esta obra, que dio a la imprenta en Guatemala en 1843, y que fue “reimpresa en México, vertida en otros idiomas en Europa y analizada y comentada elogiosamente por la Revista Trimestral de Edimburgo, que era la primera publicación periódica en todo el mundo científico de su tiempo”, según nos informa su biógrafo, Ignacio Gómez.

Tanto apreciaba don Miguel este trabajo, que antes de morir dispuso que los originales del mismo fueran depositados dentro de una caja de plomo debajo de su cabecera, en su ataúd, junto con sus últimas observaciones inéditas sobre el tema. “Interesante será para nosotros, escribía Ignacio Gómez en 1847, de aquí a algunos años, cuando los progresos de las ciencias naturales hayan hecho nuevos descubrimientos en el mundo físico, observar el juicio que se haya formado de la teoría de nuestro conciudadano”.

Desafortunadamente, la ingeniosa teoría de don Miguel sobre el origen del fuego de los volcanes no es avalada por la ciencia contemporánea. En pocas palabras, la teoría de Larreynaga partía de la observación de que los volcanes activos suelen estar a la orilla del mar, o a poca distancia y nunca a más de veinte leguas de los océanos. Cuando los volcanes revientan arrojan materias del mar, como son conchas, caracoles, corales y piedras pelágicas redondeadas por el movimiento de las aguas. “Esto demuestra, afirmaba don Miguel, que la fragua de los volcanes se encuentra en el lecho del mar, de suerte que si el mar se secara, se apagarían todos los volcanes”.

Ésta es la primera hipótesis de la teoría. La segunda radica en considerar el agua de los océanos como inmensos lentes que concentran los rayos del sol en determinados puntos del fondo del mar, que son precisamente las “fraguas de los volcanes”. “Cuando se forma el foco en la profundidad del mar, sostenía Larreynaga, sucede unas veces que da y hiere el suelo de una costa, o de una isla, o de un banco de coralinas”... “y otras veces no encuentra materia alguna sólida sino sólo agua. En el primer caso se percibe claro que ha de fundir y encender todo lo que encuentra, y ha de penetrar el suelo hasta mucha profundidad, pues el foco, como ya se dijo, forma una columna de fuego de mucha altura y diámetro; y dando oblicuamente sobre el fondo, porque el sol está bajo, a cierta declinación, ha de penetrar hacia lo interior de la costa. La materia encendida instantáneamente hace oficio de pólvora y debe hacer una explosión violenta ayudada del agua reducida a vapor, y de las otras materias sulfurosas, bituminosas y metálicas; y de aquí los torrentes de lavas, y temblores que se comunican a muy largas distancias.”

Sobre la teoría de don Miguel, el ilustre historiador Lic. Eduardo Pérez Valle, nos da la siguiente opinión, que compartimos: “La teoría de Larreynaga, claro está que no hay que enjuiciarla a la luz de la ciencia actual, que le negaría todo valor. Para ser lógicos y ecuánimes, hay que juzgarla según los conocimientos a base de los cuales fue concebida y escrita. Entonces resulta un laudable y meritorio esfuerzo de especulación filosófica y científica, que habla muy en alto de la organización intelectual de su autor, de su erudición y propiedad de estilo”... “Pero si la teoría sustentada en la Memoria resultó para su época científicamente atrasada e inaceptable, dio lugar a que en ella campeara, en todo su vigor, el genio de Larreynaga, y se distinguiera como hombre de mente organizada y organizadora, como hombre ilustrado y erudito, con las limitaciones derivadas del tiempo y el ámbito en que le tocó nacer”.

Managua, septiembre de 2008.