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Considerado por Pedro Salinas el tema central de la poesía de Rubén Darío, el erotismo trascendente puede ejemplificarse en múltiples textos poemáticos de Darío. Yo creo que debe partirse de una convicción del poeta, estampada en su ensayo sobre “Gabriel D’Annunzio”, publicado en la Revista de América (Buenos Aires, núm. 2, 5 de septiembre, 1894): el eterno misterio femenino, que con la omnipotencia de sus manifestaciones domina al ser humano.

“Carne, celeste carne de la mujer…” es el poema de Darío más glorificador de la mujer y sacralizador de su erotismo, hasta el punto de concebir el “sagrado semen”: Gloria, ¡oh potente a quien las sombras temen! / Que la más blancas tórtolas te inmolen / Pues por ti la floresta está en el polen / y el pensamiento en el sagrado semen.

Y también otra concepción: la del “útero eterno”. Gloria, ¡oh, sublime que eres la existencia, / por quien siempre hay futuros en el útero eterno / Tu boca sabe al fruto del árbol de la Ciencia / Y al torcer sus cabellos apagaste el infierno.

En el erotismo de Rubén la mujer es sinónimo de infinitivo y el sexo una vía para la búsqueda de una respuesta al misterio de la vida como lo plantea en “El país de las alegorías”: Pues la rosa sexual/al entreabrirse/conmueve todo lo que existe,/con su efluvio carnal/y con su enigma espiritual

Más aún: su vocación de ginecófago lo conduce en el tercero de sus “Cisnes” (Por un momento, ¡oh Cisne!, juntaré mis anhelos), uno de los más logrados y compactos sonetos de Darío, a describir con elegancia y lirismo en los versos 7 y 8 un “cunnilingus”: Sorberé entre dos labios lo que el pudor me veda, / y dejaré mordidos escrúpulos y celos.

Un poema, entre más de cien extraídos de su veta erótica, quisiera evocar: “La negra Dominga”, canto exótico y vernáculo del negrismo poético hispanoamericano. “La gota de sangre de África” que corría por las venas de Darío lo llevó a escribir en La Habana, Cuba, de paso hacia España —en su primer viaje a la península, el 29 y el 30 de julio de 1892— “La negra Dominga / Fragmento”.

Articulando eficaces rimas consonantes, el poeta retrata a una hembra representativa de la cultura afroantillana, describiéndola con precisas imágenes y epítetos certeros, obteniendo uno de los textos más tempranos de la negritud poética contemporánea de Hispanoamérica.

Para René F. Durand, la negritud en Darío fue tema significativo, aunque no trascendental. Y “La negra Dominga” lo ejemplifica como reto descriptivo y disfrute de la sensualidad. Sus imágenes y epítetos corroboran ambos aspectos: retoño de cafre y mandinga, flor de ébano henchida de sol, muestra dientes de carne de coco / con reflejos de lácteo marfil, por un lado; y por otro Serpentina, fogosa y violenta, más Vencedora, magnífica y fiera: tres epítetos —nada menos— en cada uno de los versos.

En relación a su vocabulario, ébano es una madera tropical de color negro, cafre el nombre de la región sudeste del África habitada por los cafres, los más bellos del grupo bantú; y mandinga: un pueblo sudanés de Gambia y de la Guinea francesa. En el Río de la Plata se le llama al diablo negro “Quiquiribú mandinga”.

Finalmente, cabe traer a colación una anécdota de la vida de Darío en París, referida por el hondureño Froylán Turcios. Éste fue invitado por el nicaragüense a una cena. Pero una aromada, ardiente rubia parisina, desprendiéndose las ropas en el momento que el hondureño de esmoquin se dirigía a la cita, tornó ésta en amorosa y celeste niebla cálida, mientras el impuntual discípulo y amigo, como si oyera llover en su divina vaguedad, apenas percibía el reclamante ring del teléfono.

Y Rubén, iracundo a la mañana siguiente y aceptando la escusa tolerable, desarrugó su olímpico ceño y sonriendo como fauno le dijo:

—Es la única razón que te acepto. Yo también, a la hora de mi muerte, quisiera hundir mi testa cósmica entre las piernas de una muchacha de quince años.

 

* Escritor e historiador