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La historia de la humanidad es la historia de la vida misma en la lucha contra las enfermedades y su manera de tratarlas, como una respuesta al instinto de conservación del hombre en su condición de individuo particular y de la especie en sus caracteres genéricos. En la conjunción de esfuerzos por tratar de prevenir y curar las dolencias se ha recurrido a los más variados y disímiles métodos, desde las primitivas concepciones puramente mágicas hasta los más desarrollados alcances de la Medicina, en estrecha relación y dependencia con el nivel de desarrollo científico, cultural, técnico y socioeconómico del ser humano en cada momento y lugar. Un largo recorrido durante el cual ha habido y sigue habiendo - paralelo al avance de la ciencia médica como tal- una transmisión popular de los saberes sobre salud y enfermedad, con las palabras y expresiones propias de la cultura de unos usuarios que no olvidan las prácticas ancestrales.

Un malestar que anuncia una enfermedad (“pródromo”, dicen los médicos) se manifiesta con una expresión muy común entre nosotros: “Como que me quiero enfermar”. Pero cuando hay amenaza de una dolencia específica -como el “amurriñado” que han trasladado de las zonas rurales- , el paciente no duda en afirmar: “Tengo punto de perniciosa”. Si ya está afectado, por ejemplo, de una tos laríngea, ronca y seca como la de los perros, entonces nada mejor que la denominación descriptiva de “tos de perro”. El estreñido, con varios días de no hacer sus “necesarias”, sigue siendo el “tapiado” de nuestros abuelos, y el “suelto” – porque “está con las llaves sueltas” y para remate con una “diarrea con alasturas”- va camino de la deshidratación “solariando” a cada rato. Y si se trata de un niño de escasos meses de nacido, la “currutaca” le produce una depresión en la fontanela como consecuencia de la deshidratación, y la madre habla entonces de una “mollera caída”.

Todavía se sigue en los pueblos llamando “topa” al proceso inflamatorio de las glándulas parótidas, y cuando esta enfermedad viral ataca las glándulas reproductivas, particularmente las del varón, se dice “Se le bajó la topa”, por la creencia (la oí en mi niñez) de haber hecho un esfuerzo físico habiendo estado con parotiditis. Algo más: las zonas rurales, incluso urbanomarginales, constituyen un campo propicio para mantener vigente algunas concepciones primitivas de determinadas enfermedades que consideran resultado de un fenómeno sobrenatural como los efectos producidos por el poder que ejercen ciertas personas con su mirada o, como se dice, de “vista fuerte”. El doctor Miranda Garay, en su “Folklore médico nicaragüense”, nos ilustra con unos ejemplos: las mujeres que “pegan” a los niños el calor de primeriza con una simple mirada; las embarazadas que paralizan con su “vista” el efecto de un purgante; el hombre que se vuelve de “vista fuerte” cuando está bolo y es capaz de “reventar” al niño; el hombre que con su “vista” puede seducir a ciertas mujeres o cualquier otra persona para robarle; la persona que posee “mirada fuerte” para cortar la leche o agriar algunos alimentos, y hasta la que puede llegar a paralizar las culebras.

Hojeando el “Diccionario histórico enciclopédico” de Joaquín Bastús nos enteramos de que en la antigüedad, los romanos introdujeron en Europa una leyenda de origen oriental según la cual existía una especie de dragón pequeño, el “basilisco” (del gr. basiliskos, “reyecito” o “reyezuelo”), que nacía de un huevo de serpiente fecundado por un sapo y cuyos ojos causaban la muerte “con una sola mirada”.

En el capítulo XIV de la Primera Parte del Quijote -cuando interviene Marcela para reivindicar que está libre de culpa de la muerte de Grisóstomo, quien falleció como consecuencia del amor no correspondido por la amada-,Cervantes emplea el término “basilisco” con una extensión semántica: “El que me llama fiera y basilisco déjeme como cosa perjudicial y mala”.

Durante mi niñez, edad propicia para la fantasía y la curiosidad, fui nutriendo mi pensamiento de datos, hechos y dichos relacionados con pequeñas historias legendarias que corrían por vía oral en un pueblo enclavado entre una montaña casi impenetrable y un río que cortaba la comunicación con los vecinos. Allí se hablaba del “basilisco” para referirse a un huevo de un pequeño reptil como el camaleón o la lagartija y que mirábamos con temor porque si se rompía, el simple hecho de “mirar” el embrión nos produciría un daño considerado hasta mortal.

Todo el acervo de conocimientos -incluido el saber popular- nutrido a través de los años forma parte de la cultura, entendida por Diógenes Laercio como “un saber del que no tiene uno que acordarse... fluye espontáneamente”.

 

* Escritor y lingüista