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En otras ocasiones hemos comentado cómo Nicaragua, teniendo una extensísima costa sobre el Mar Caribe es, sin embargo, desde el punto de vista económico, un país escasamente caribeño. Bastante menos que Panamá y Honduras, e incluso que Costa Rica.

La sentencia de la Corte Internacional de Justicia (CIJ), que inequívoca e inapelablemente reconoce amplios derechos de Nicaragua sobre el Mar Caribe, es una oportunidad para que iniciemos un esfuerzo serio, estratégico, de largo aliento, para que la geoeconomía proporcione sustento real a la geopolítica que recién ha recibido respaldo jurídico en el más alto tribunal de justicia internacional.

Antes que pensar en inversiones en la zona (puertos, carreteras, etc.) que sin duda son indispensables, debemos desprendernos de una concepción cultural y política, ciertamente etnocéntrica y arrogante, que ha prevalecido en el Pacífico de Nicaragua al menos desde finales del siglo XIX, cuando nuestro país adquirió plena soberanía sobre la entonces conocida como Región Atlántica o Departamento de Zelaya, hoy RAAN (Región Autónoma del Atlántico Norte) y RAAS (Región Autónoma del Atlántico Sur). De conformidad con esa concepción, en el Pacífico siempre se ha hablado de “incorporar la Costa Atlántica a Nicaragua” (es decir, al Pacífico) y no de “convertir a Nicaragua en un país Caribeño”. El cambio de concepción no es poca cosa, pues tendría enormes implicancias prácticas.

Para empezar, frente a nuestro país, que tiene una enorme vocación agropecuaria y agroindustrial, hay un extenso arco de islas que va desde el oriente de Cuba hasta las costas de Venezuela, Suriname y Guyana, que tienen un gran déficit alimentario, producto de la combinación de una inmensa población flotante de turistas y una limitadísima base agropecuaria. Es un déficit de muchos miles de millones de dólares.

Para no poner la carreta delante de los bueyes (por ejemplo, pensar en un puerto de aguas profundas que en las condiciones actuales difícilmente resulta factible desde el punto de vista económico), nuestras entidades públicas y privadas de promoción de exportaciones deberían empezar un esfuerzo agresivo de búsqueda de mercados en esas islas. No solamente para la producción agropecuaria y agroindustrial actual, por cierto muy poco diversificada y de baja productividad, sino para la potencial que tendría un fuerte incentivo para su diversificación y mayor productividad.

Como lo demuestran las crecientes exportaciones a Venezuela, gran parte de ellas a través del puerto fluvial de Rama y saliendo por el Bluff, el flujo económico de Nicaragua hacia ese arco de islas del Caribe se puede incrementar sin realizar, por el momento, grandes inversiones de infraestructura. Si ese flujo aumenta, entonces se rentabilizarían muchas de esas inversiones pendientes.

Claro, para eso, en Managua y resto del Pacífico debemos dejar de ser tan etnocéntricos y arrogantes, y así empezaríamos a completar una histórica reivindicación que solamente recién ha adquirido plena legitimidad jurídica.

 

* Economista