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Pagar cumplidamente lo que debemos, haciendo honor al compromiso contraído, es una cualidad que tiende a desaparecer del modo de ser nicaragüense. Hace 40 años, las pulperías vendían al crédito, de modo que a fin de mes, los vecinos pagaban religiosamente sus deudas. Hoy, ni soñando. Vemos en las pulperías letreros como: “Si fío, pierdo lo mío”. “El que fía no está, y el que está no fía”. Incluso versos: “Si fío, pierdo lo mío; si doy a la ruina voy; si presto, al cobrar molesto; por eso, ni fío, ni doy, ni presto”.

Hay quienes, aprovechándose de la amistad, piden al amigo dinero prestado, o que le sirva de fiador solidario, de deudas que después no paga, dejando “ensartado” a su amigo. Esta es precisamente una de las causas más frecuentes de la enemistad entre personas que se apreciaban. De allí el dicho: “El fiar es cosa ingrata, se pierde al amigo y se pierde la plata”.

En el pasado los nicaragüenses se caracterizaban por el pago puntual de sus obligaciones, especialmente los que vivían en el campo. Si no tenían dinero, mataban un chancho, vendían una vaca. Ahora los del campo son tan morosos como los de la ciudad y quizás más, al extremo de crear una organización única y original en el mundo: “Movimiento de los No Pago”.

Algo que nos llama la atención es el contraste en la conducta que observamos en las personas, que cuando llegan a fiar son todo sonrisas, educación y amabilidad. En cambio cuando les llegan a cobrar, endurecen la cara y la voz y hasta se vuelven agresivos: “¡Cómo si no te voy a pagar!”

La propaganda, el consumismo, nuestra irresponsabilidad, nos hace “enjaranarnos” con facilidad y sin pensarlo. Compramos cualquier cosa que nos llame la atención, más si es al fiado y tenemos tarjeta de crédito. A veces, teniendo dinero para ponernos al día con nuestras deudas, caemos en la tentación de seguir gastando nuestros riales en vicios y bisuterías. Así vamos sumando deudas que después no podemos pagar. Quedamos mal, nos embargan nuestros sueldos, publican nuestros nombres en la lista de deudores morosos, dejamos de ser sujetos de crédito, perdemos amistades, todo por falta de prudencia y previsión.

Peor cuando empeñamos nuestras prendas de oro o de plata, el carro, el televisor, la laptop. Lo más probable es que los perdamos. Es por eso que en los últimos años han proliferado las casas de empeño, por ser un negocio redondo.

Más grave aún, si cometemos el error de hipotecar nuestra casa. Dejamos en la calle a nuestra familia, por incapacidad de pagar la deuda, más las costas legales, más los intereses corrientes y moratorios acumulados.

Conjuntamente con la imprevisión y la irresponsabilidad, el mal de la envidia nos hace caer en la tentación de adquirir cosas que después no vamos a poder pagar: un auto más moderno que el del vecino de enfrente; una piñata con payaso, como la del vecino del lado. Después de todo, “no hay cárcel por deuda”, de modo que “nos hacemos el loco” para no pagar.

La cultura del no pago nos afecta a todos, por sus efectos negativos en la economía. Las tasas de interés de las tarjetas de crédito que manejan los bancos son más altas. Las casas comerciales tienen también tasas altísimas de interés que llegan a triplicar o cuadruplicar el valor real del producto que venden al crédito.

Algo debemos hacer nosotros, algo deben normar los legisladores, algo debe cultivar la Escuela.

 

* Psicólogo, Doctor Honoris Causa de la UNAN-MANAGUA y Orden Mariano Fiallos Gil del Consejo Nacional de Universidades.

naserehabed@hotmail.com