León Núñez
  • Managua, Nicaragua |
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Un alumno le preguntó a Confucio: ¿Qué es lo primero que haríais si os nombrasen Emperador de China? Empezaría por restaurar el verdadero sentido de las palabras, contestó el moralista y filósofo oriental. Esta respuesta tan antigua tiene una indiscutible vigencia en Nicaragua. Si Confucio viniera a este país, viajando en la máquina del tiempo, y le preguntaran sobre lo primero que haría si lo eligieran Presidente de Nicaragua, estoy seguro que su respuesta sería la misma, pues aquí las palabras han perdido todo su valor, y lo que es peor, la inteligencia, su prestigio.

¿Y por qué las palabras han perdido todo su valor? Porque en Nicaragua el lenguaje ya no es un medio de comunicación. Es un medio de dominio. No es un medio para comunicarse con los demás. Es un medio para dominar a los demás.

El lenguaje no se emplea para transmitir el pensamiento. No importa el verdadero sentido de las palabras. Lo que importa es el poder y sus mieles. Por esta razón el lenguaje es cifrado, reticente, cabalístico, vago, ambiguo, mentiroso,... Después de escuchar cualquier discurso político uno se pregunta: ¿cuál es el mensaje? Como no coincide lo que se dice con lo que se piensa ni con lo que se hace, el mensaje no existe. Entonces, utilizando palabras de Marshall McLuhan, el medio es el mensaje. Y no hay duda de que se trata de un medio difícil de penetrar.

Los que no sabemos leer ni escuchar entrelíneas, los que no somos capaces de leer el pensamiento, los que no podemos a través de las palabras leer el futuro, los que no tenemos habilidades para utilizar el lenguaje de la intriga, los que no podemos manejar los instrumentos del lenguaje movedizo de lo tácito, de lo presunto o de lo implícito, los que no conocemos los mecanismos lingüísticos de la falsedad y del engaño, los que no cultivamos el verbo de la adulación ni la dialéctica de la genuflexión, los que no creemos que la verdad deba sustentarse en la calumnia, en la sospecha o en la conjetura, los que no somos mal pensados, los que creemos que todas las personas con las que conversamos dicen la verdad, los que todavía creemos que el lenguaje no debe ser un arma sino un medio de comunicación –“no se concibe la inteligencia sin comunicación”– los que... en fin, los que no somos vivos, deambulamos a tientas bajo la intemperie del lenguaje.

Es urgente restaurar el verdadero sentido de las palabras. Restaurar el lenguaje como medio de comunicación. Restaurar el prestigio de la inteligencia. Lo demás vendrá por añadidura.