Jorge Eduardo Arellano
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El gobierno de Daniel Ortega ha otorgado su pleno respaldo a las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia) y presenta eso como un acto de solidaridad con la causa de la liberación de los pueblos de América.

Eventualmente algunos escritores de orientación izquierdista han expresado su punto de vista al respecto. Onofre Guevara llegó a la conclusión de que las FARC son terroristas. Fernando Bárcenas sostuvo esa misma opinión. Y otras personas también se han limitado a condenar a las FARC, especialmente por sus secuestros y vínculos con el narcotráfico.

Lo ideal siempre ha sido obtener los cambios sin tener que recurrir a la guerra, pero eso no es algo que el destino, la historia o Dios, concede a todos aquellos que se lo solicitan. Y cuando alguien tiene que ir a la guerra, ninguna fuerza beligerante puede rehusar ni al secuestro ni al uso del terror, pues se autocondenaría a la inercia y a la derrota, y el uso del secuestro y del terror son prácticas tan viejas como la misma guerra. Pero el uso de esos procedimientos tiene límites, máxime para los que se dicen luchadores de izquierda o socialistas.

Esos límites nunca podrán ser muy precisos, pues los hechos siempre discurren en circunstancia muy variadas, y los enemigos de los pueblos y de los trabajadores suelen llevar las cosas a extremos inauditos. Pero lo principal es que la violencia revolucionaria no puede ni debe despojarse de principios que le impidan ser racional y volcarse contra los mismos pueblos y contra los trabajadores; ni ejercitarse para bloquear otros caminos que son más favorables para lograr los cambios demandados por los pueblos y los trabajadores.

La violencia revolucionaria no es un fin en sí, ni se puede considerar como algo que invariablemente tiene que sustituir siempre a las otras formas de lucha. Y son los propios pueblos y trabajadores los que a postre tendrán que juzgar esas cosas.

Es más, suele ocurrir siempre un debate en el interior de las propias fuerzas de los pueblos y clases oprimidas, un debate sobre las formas de lucha a ser implementadas. Desde la revolución bolchevique, para fijar una fecha de referencia, todas las insurrecciones, guerras revolucionarias, de los obreros, de los campesinos, de las naciones oprimidas, sin excepción alguna, antes y después de consumadas, generaron debates y agudos conflictos sobre la violencia y el uso del terror en el seno mismo de los partidos y de las organizaciones que las encabezaron, las dirigieron o simplemente las vieron pasar de largo.

En Nicaragua, en la lucha contra el somocismo, todo el mundo sabe que se hizo uso del secuestro y de ciertas formas de terror, como ajusticiamientos, atentados, etc., pues al somocismo no se le iba a derrotar a pañuelazos. Hasta donde yo sé, a ningún escritor, historiador o poeta de izquierda se le ha ocurrido, en Nicaragua, en los últimos veinticinco o treinta años, condenar el secuestro del avión mediante el cual se liberó a Carlos Fonseca; o condenar la toma de la casa de Chema Castillo o del Palacio Nacional, o la ejecución de Pérez Vega y de Gonzalo Lacayo, o el ajusticiamiento de Anastasio Somoza Debayle.

Pero en Nicaragua el pueblo falló, en su momento, a favor del uso de la violencia contra el terror reaccionario, pero en Colombia parece que las FARC no han logrado esa calificación, especialmente en los últimos períodos de su más de medio siglo de existencia. En Colombia, el Polo Democrático Alternativo (PDA), que se reclama de izquierda --que es el principal partido de oposición al régimen paramilitarista de Álvaro Uribe; que a fines del año pasado ganó la Alcaldía de Bogotá, que agrupa a ex combatientes del M-19 y al Partido Comunista de Colombia--, se opone rotundamente a la postura de las FARC.

En un artículo publicado en una revista del PDA fechado el 15/01/08, titulado “¿Qué son las FARC?” se dice: “Históricamente (años 60) las FARC son la prolongación de guerrillas liberales… Sociológicamente son campesinos que se armaron para resistir la ofensiva terrateniente… Ideológicamente fueron primero liberales y luego, hasta ahora, se declaran comunistas. Políticamente son una expresión con apoyo y simpatías muy reducidos en la población colombiana. Financieramente es una organización fuerte con recursos provenientes de la extorsión y del tráfico de estupefacientes. Éticamente no han mantenido la coherencia de los medios con el fin sino que han recurrido a acciones terroristas, justificando ese desvío en el terror estatal y paraestatal.”

“Las FARC son hoy un proyecto desvirtuado e inviable, militar y políticamente, pero que no ha perdido el rescoldo de su origen social y de su propósito político. Definirlas a secas como terroristas es un error como lo es negar que en el país hay un conflicto político militar entre Estado y movimientos insurgentes.”

El 2 de marzo de 2008, la Dirección Nacional del Polo Democrático Alternativo (PDA), emitió una Declaración en la que se dice: “… expresamos nuestro apoyo a que el PDA busque la concreción de un Gran Acuerdo Nacional contra la guerra y el secuestro y por la Paz y el Acuerdo Humanitario, con la condición que se señale explícitamente que ese acuerdo no puede incluir a Álvaro Uribe, por ser el jefe de un régimen guerrerista y estar comprometido con las parapolítica y el paramilitarismo.”

Como puede verse, parece que no todo el que hace uso del terror es terrorista, y aun cuando se condene el uso del secuestro, la extorsión y el tráfico de estupefacientes, no todos los sujetos que incurren en esa conducta, merecen el mismo trato. ¡Sutilezas de la vida y no de las palabras!
Concluyendo: en Colombia una gran fuerza popular, progresista, de izquierda, que brega contra el régimen paramilitar, considera a las FARC como una fuerza insurgente, que incurre en actos terroristas y que está ligada al narcotráfico, pero que debe renunciar a esos métodos, liberar a los secuestrados y participar en un acuerdo para poner fin a la guerra y alcanzar la paz.

Pero, quiero recalcar que, obviamente, el danielismo, al tomar el partido que ha tomado en relación con las FARC, no comete un simple error en la valoración de algunos detalles, sino que se muestra tal y como es, una fuerza que se parece a las FARC, muchísimo más por sus defectos, que por las raras virtudes que aún podrían conservar como rescoldos de su pasado, pues el régimen de Daniel Ortega quiere secuestrar y extorsionar, nada más y nada menos, que a todo el pueblo de Nicaragua.

Y ahora que el presidente de Venezuela ha dado un viraje declarando inviable la guerra que llevan a cabo las FARC, veremos cómo se reacomoda el clan familiar que valiéndose de pactos nefastos, gobierna a nuestro país.


El autor es escritor