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Nunca nadie escuchó su voz en los rincones del infierno de Auschwitz, en 1943. Ella era una sombra perfumada arrastrada por la curiosidad de la noche. No escuchaba la voz agrietada de la guerra. Tenía una inmensa razón de vivir y se le veía en los hermosos ojos aceituna que cargaba con su vida. Por las madrugadas, como una rutina virtuosa sacaba del escondite maravilloso (creo que del fondo del alma) unos libros clandestinos, ocho en total, en diversos idiomas, gastados y sin cubiertas (prohibidos a la vida por el Führer), se le metían en sus labios, en el pecho, en sus manos bondadosas y en la montura tierna de sus huesos iluminados. Tenía fe y junto a 500 niños judíos del bloque “número 31” del “campo familiar” (que así llamaban para hacer creer que no asesinaban judíos) burlaba la estricta vigilancia de los “consejeros” al dirigir la biblioteca más pequeña y clandestina de la historia, pero también una de las más grandes por su valor moral.

Y lo demostraba distrayéndose de las calamidades, del miedo, del terror, de la ignominia y del cadáver cada vez más inmenso que sobrevolaba en sus carnes amadas. No creía en las aventuras del lobo. Soñaba, soñaba. Templaba sus manos con ruegos a la vida y sentía el fuego de la muerte al leer a escondidas con un fusil en la espalda apuntándola permanentemente, pero a Edita Polachova nunca la detuvo el juicio de cualquier sacrificio. Nadie busque este nombre en las listas de renombradas mujeres de la ciencia, no. Polachova no es atleta. No es gimnasta, ni una millonaria modelo del súper espectáculo mundial.

Mejor paro de anotar imágenes totalmente desvinculadas. Ella era una niña de catorce años que no tenía un segundo vestido que ponerse, con zapatos gastados y un abrigo viejo y raído, sólo tenía ganas de soñar con los libros y con los tesoros que día a día escuchaba en las voces de sus profesores verdaderos, “libros vivientes”. Un ejemplo de amor a la lectura y al mundo del conocimiento. Ellos sobrevivieron a la demencia de las autoridades hitlerianas que provocaron el Holocausto más espantoso de la historia de la humanidad que eliminó en sus cámaras de gas a unos 500 mil hebreos entre el 30 de enero de 1933 y el 16 de octubre de 1946.

Edita Polachova tenía todos los días entre sus manos un libro de psicoanálisis de Sigmund Freud y la Breve Historia del Mundo de H.G. Wells, para esconderlos y entregarlos para ser leídos y comentadas por los niños y sus maestros en improvisadas aulas a la intemperie. Ambos libros eran sujetos de persecución y muerte a quienes se los descubrieran en su poder. Por mucho tiempo estos libros reflejaron el misterio de la vida y la suave condena de la duda. A Polachova, a sus 85 años, aún le brillan los ojos cuando entra a una biblioteca y llora frente a los estantes de libros. Es una lectora voraz y con una gran comprensión de la vida.

* Poeta y periodista.