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Aunque Aristóteles nos dejó una primera distinción entre el homo rationalis del homo animalis, reconociendo en aquel un “alma racional” y su capacidad de articular palabras, es a partir de la clasificación biológica que el científico sueco Carlos Linneo hizo de los humanos como homo sapiens (‘hombre que piensa’), considerándolo además con la denominación de “animal racional” (homo rationalis), capaz de realizar operaciones conceptuales y simbólicas complejas, como el uso de sistemas lingüísticos sofisticados y el razonamiento abstracto. Pero lo cierto es que sabios y especialistas -desde diferentes perspectivas y criterios- han ido redefiniendo o matizando a lo largo de la historia el concepto que explique el comportamiento del ser humano.

El mismo Aristóteles definió al hombre como zoon politikon, es decir un “animal político” y un “animal social”, en el sentido de “ser-con-otros” construyendo e integrando una “comunidad”. Otros, en una concepción más reciente, hablan del homo faber (‘hombre que hace o fabrica’), como un individuo que crea (como en la tecnología) y adquiere las habilidades que modelan y hacen evolucionar su mente. (Ya algunos estudiosos nos recuerdan del homo habilis, ‘hombre hábil’, del período paleolítico, para referirse al hombre que construye sus herramientas de piedra). Criticado por muchos desde hace más de un siglo por su concepción utilitaria, la globalización ha revivido el homo economicus (‘hombre económico’), expresión considerada despectiva tal vez porque alude al individuo que “se mueve por su propio interés” en vez de pensar en “el beneficio mutuo, la reciprocidad”. El historiador de la cultura holandés Johan Huizinga -el primero en abordar el fenómeno lúdico en un marco científico-académico- nos habla del homo ludens (‘hombre que juega’), para sostener el argumento central de su teoría: el juego se encuentra en los orígenes de toda cultura humana.

Algunos pensadores, como el escritor y actor Darío Fo, hablan del homo ridens (‘hombre que ríe’) como el último eslabón en la escala de la evolución humana. Sin embargo, el citado Aristóteles - quien reconoció también un homo religiosus (‘hombre religioso’) al identificar una dimensión trascendental- nos dijo que el hombre es un “animal que ríe”, pero “en grupo” -agrega Bergson- , porque la risa tiene ante todo una función útil, que es una función social. Muchas veces en un teatro es más frecuente la risa del espectador cuando más llena está la sala. En su obra “La risa”, cuenta que un hombre a quien le preguntaron por qué no lloraba al oír un sermón que a todo el auditorio movía a llanto, respondió: “No soy de esta parroquia”. Bergson agrega: “Lo que este hombre pensaba de las lágrimas podría explicarse más exactamente de la risa. Por muy espon­tánea que se la crea, siempre oculta un prejuicio de asociación y hasta de complicidad con otros rientes efectivos o imaginarios”.

Pero la risa fue, en los comienzos de la filosofía, infravalorada por algunos e ignorada por la mayoría. Peter Berger en su obra sobre la risa refiere una anécdota relacionada con el enfrentamiento entre el modo de pensar de Tales de Mileto y una esclava tracia: ocupado Tales en cuestiones de astronomía, un día -mirando a lo alto- cayó en un pozo, y una sirvienta de Tracia, de espíritu despierto y burlón, se rio y dijo que el filósofo quería saber lo que pasaba en el cielo y se olvidaba de lo que tenía frente a sí y ante sus pies.

Bergson dice, completando a Aristóteles, que el hombre es también un “animal que hace reír”. Y la anécdota citada nos dice claramente que existen distintos tipos de risa o mejor dicho diferentes motivos que nos mueven a reír: entre la risa “fisiológica” causada por las cosquillas y la provocada por una broma hay una diferencia abismal. Y en medio: la risa sádica, cruel y brutal, que hace escarnio de la desgracia ajena, y la risa burlona, expresión generalmente del envidioso y acomplejado. Pero existe también, como afirma Paulina Rivero Weber, “la risa que es explosión de una alegría vital”, indicativa de una cierta facultad para “vivir la vida en el marco de la alegría”, un bien deseable y benéfico -nos recuerda Spinoza- para el cuerpo y el espíritu. Pero la risa depende de aquel que ríe (a Tales no le causó risa su caída en el pozo) y de la situación (“No soy de esta parroquia”).

La “teoría de la incongruencia” y la “ambigüedad” -base de la risa, según algunos autores- señala que el individuo tiende a reír de lo “incongruente”, de la ruptura del orden, del absurdo que percibe de la realidad:

--Para que la gente no diga que no hacés nada, te voy a encargar la elaboración de un informe.

--Recordá que yo te pedí un “hueso”, no un trabajo.

rmatuslazo@hotmail.com